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viernes, 5 de abril de 2013

Sibarita




1. Dicho de una persona: Que se trata con mucho regalo y refinamiento. 
2. Natural de Síbaris. 
3. Perteneciente o relativo a esta ciudad de la Italia antigua.

Sibarita es un adjetivo procede del latín Sybarīta, y este del griego συβαρίτης, de Σύβαρις, "Síbaris", ciudad del golfo de Tarento, en Italia, célebre por la riqueza y el refinamiento de sus habitantes...

...No en vano, Sibaris hace muchos siglos llegó a ser la urbe más importante de Occidente. Al estar situada en una zona geográfica de gran relevancia estratégica, los sibaritas pronto supieron sacar partido de su situación privilegiada fomentando el comercio y haciendo llegar a su ciudad todo tipo de riquezas y bienes procedentes del extranjero. Con el tiempo, Sibaris se convirtió en referente de ciudad alegre y despilfarradora: sus habitantes pasaban los días dedicados por entero al placer y al refinamiento, hasta tal punto que sibarita se convirtió en sinónimo de depravado

Hoy en día, la palabra no tiene connotaciones tan profundamente negativas, pues meramente califica a una persona aficionada al lujo y a los placeres refinados. 

Fernando Josseau, destacado dramaturgo chileno, nos ayuda a contextualizar la voz de hoy dentro de su obra El Prestamista:

MARQUÉS : Mi sentido pésame. Es usted un hedonista también a su manera, Inspector (…) ¿quiere usted endosarme el tremendo fracaso que debe constituir su vida…con la sucia coartada de la ley, el respeto a la propiedad, las buenas costumbres? ¡Es para la risa, créame! Es usted un sibarita de la peor clase que posee el ser humano: ¡la venganza! Un sibarita de la tortura ¿qué otra cosa es la cárcel o una cadena perpetua? ¡Un sibarita y un hedonista de la muerte lenta, día a día, hora a hora, segundo a segundo!… 

Dámaso Alonso y Fernández


BIOGRAFÍA
Dámaso Alonso y Fernández de las Redondas nació en Madrid el 22 de octubre 1898, pero pasó su infancia en La Felguera (Asturias). Estudió en Madrid con los jesuitas de Chamartín. Se licenció en Derecho y en Filosofía y Letras y se formó en el Centro de Estudios Históricos dirigido por Ramón Menéndez Pidal.
Frecuentó la Residencia de Estudiantes dirigida por el krausista Alberto Jiménez Fraud, donde conoció a Federico García Lorca, Luis Buñuel, Pepín Bello, Salvador Dalí y Vicente Aleixandre. La aparición de su edición crítica de las Soledades de Góngora en 1927 dio nombre a la famosa Generación del 27, en la que Dámaso se inscribe como filólogo, aunque su poesía se encuadra en la generación de posguerra. En esta época colaboró en la Revista de Occidente y en Los Cuatro Vientos.
Dámaso Alonso destacó enseguida por su enorme talento que repartió entre la crítica filológica, se convirtió en el mayor experto en Góngora y sus ediciones posteriores del Polifemo han sido fundamentales para la formación de los filólogos posteriores; su labor docente en numerosas universidades (Oxford, Valencia, Madrid) y la creación poética. Publicó su primer libro, Poemillas de ciudad en 1921, pero su verdadera voz, desgarrada y existencial, apareció tras la guerra civil en Hijos de la ira, publicado en 1944. Este libro representó una clara ruptura con la poesía esteticista y ajena a la realidad histórica que venía imperando en España. El lenguaje desgarrado y deliberadamente prosaico, que no excluye vocablos antipoéticos, los majestuosos versículos emulando el ritmo de los salmos bíblicos, las imágenes con influjos surrealistas y esa preocupación constante por el corazón del hombre situaron a la poesía de Dámaso Alonso en el punto de mira de la poesía de posguerra, y su obra abrió el camino a una poesía más dramáticamente humana; y de su tono de protesta ante la injusta realidad circundante derivará posteriormente la poesía social de Blas de Otero y de Gabriel Celaya.
Damaso Alonso fundó la colección Biblioteca Románica Hispánica dentro de la Editorial Gredos y fue director de la Revista de Filología Española. Como director de la Real Academia Española de la Lengua procuró unir en un trabajo común a las restantes academias americanas de la lengua.
Sus obras completas fueron editadas en diez tomos por la Editorial Gredos.
Murió el 25 de enero 1990.


BIBLIOGRAFÍA
Poesía:
Poemas puros. Poemillas de la ciudad, M., Galatea, 1921.
El viento y el verso, M., Sí. Boletín Bello Español del Andaluz Universal, 1925.
Hijos de la ira. Diario íntimo, M., Revista de Occidente, 1944 (2ª edic. ampliada, Bs. As., Espasa-Calpe, 1946).
Oscura noticia, M., Col. Adonais, 1944.
Hombre y Dios, Málaga, El Arroyo de los Ángeles, 1955.
Tres sonetos sobre la lengua castellana, M., Gredos, 1958.
Poemas escogidos, M., Gredos, 1969 (Contiene poemas no recogidos en libro).
Gozos de la vista. Poemas puros. Poemillas de la ciudad. Otros poemas, M., Espasa-Calpe, 1981.
Antología de nuestro monstruoso mundo. Duda y amor sobre el Ser Supremo, M., Cátedra, 1985.
Álbum. Versos de juventud, B., Tusquets, 1993 (Edición de Alejandro Duque Amusco y María-Jesús Velo. Con Vicente Aleixandre y otros).
Verso y prosa literaria, Madrid, Gredos, 1993 (Obras completas, volumen X).


Crítica literaria:
Con el seudónimo Alfonso Donado, traducción de James Joyce, Retrato del artista adolescente, (1926).
Edición crítica de las Soledades de Luis de Góngora, (1927).
La lengua poética de Góngora (1935).
La Poesía de San Juan de la Cruz (1942).
Poesía española: Ensayo de métodos y límites estilísticos (1950).
Poetas españoles contemporáneos (1952).
Estudios y ensayos gongorinos (1955).
De los siglos oscuros al de Oro (1958).
Góngora y el Polifemo (1960).
En torno a Lope (1972).

PREMIOS

Premio Fastenrath, 1942

Premio Cervantes, 1978


ENLACES

El latín clásico y el eclesiástico



Ricardo Soca 

La pronunciación del latín utilizado en la terminología del cónclave que eligió al papa Francisco no es la misma que empleaban los autores clásicos romanos como Virgilio, Cicerón, Plutarco y Horacio, debido a que el latín de la Iglesia católica es algunos siglos posterior al de la época clásica y la pronunciación cambió en ese lapso. 

Se consideran autores «clásicos» aquellos autores que brillaron en el apogeo de la civilización romana, en los siglos I a. C. y I d. C. Cuando la Iglesia se tornó religión oficial del imperio, durante el período de Teodosio (378-395) d. C., habían ocurrido varios cambios fonéticos que fueron recogidos por la Iglesia pero no por la mayoría de las universidades, que se mantuvieron fieles a la pronunciación antigua. 

Así, el nombre de Caesar se pronunciaba cuando este era dictador como /káesar/ de donde vino después el nombre del káiser alemán y el del zar (czar) ruso, mientras que en el latín eclesiástico ese nombre se pronuncia /čésar/1

Análogamente, el nombre del 'cielo' caelum era pronunciado /káelum/ por los antiguos y /čélum/1 por la Iglesia. Tanto en /čésar/ como en /čélum/ percibimos que secuencia vocálica aeera un diptongo para los romanos (aunque para los hispanohablantes de hoy sea un hiato), pero en los tiempos de la toma del poder por la Iglesia se había reducido al fonema /e/. 

La palabra magister (maestro) era /maguíster/ para Cicerón y Virgilio, pero cuatro siglos más tarde los padres de la Iglesia pronunciaban (tal como hoy) /mažister//2. , donde el fonema ž equivale a la pronunciación sonora de la y en Río de la Plata (la pronunciación sorda o no sonora es la que a veces vemos representada mediante el dígrafo sh). 

La Constitución Apostólica, que contiene las normas para la elección de un papa, se llama en latín Universi Dominici Gregis, que los antiguos hubieran pronunciado /universi domíniki greguis/, en el latín de los cardenales suena como /universi domínichi greži/. 

Por lo expuesto más arriba, el antiguo adjetivo latinopontificium 'pontificio', que era muy anterior al cristianismo, se pronunciaba /pontifíkium/ en la Roma clásico, mientras que para la Iglesia es /pontifičium/ según la notación fonética académica. 

Cuando el papa aceptó su designación, respondió Vocabor Francesco, que Virgilio hubiera pronunciado /Uocábor Frankesco/ puesto que la v no existía como consonante en su tiempo. El papa pronunció como /Vocábor Frančesco/. 

En preciso aclarar que ninguna de las dos pronunciaciones —latín clásico y latín eclesiástico— es mejor que la otra en ningún sentido; ambas son igualmente válidas, cada una en su ámbito. 




Notas:

1 El grafema č corresponde al fonema africado sordo que en español representamos con el dígrafo ch. 

2 El grafema ž el fonema sonoro de la j en francés, tal como en janvier o déjeuner

Umberto Eco: Ordenador y Bolígrafo a partes iguales




Uno de los grandes dilemas, en función del cual se podría hacer una división de los autores entre los más nostálgicos y los más actualizados, es la de la elección del instrumento de escritura: Unos siguen tirando de bolígrafo (o de pluma los más apegados a otros tiempos y procederes) mientras que otros prefieren las comodidades y posibilidades que ofrece el ordenador.
Lo cierto es que la primera de las formas es quizá más auténtica pero la segunda ofrece la comodidad de poder borrar y reescribir sin que ello implique tener que ver borrones. Ambas son igual de válidas, por supuesto, y cada escritor se decanta por la que mejor le va según sus características personales.
Sin embargo esta dicotomía no es de carácter excluyente, ya que en algunos casos, como en el de Umberto Eco, ambas modalidades de escritura se dan cita en una misma persona:
“Uso los dos instrumentos, pero no indistintamente sino con arreglo a un estado de ánimo o una situación. El tren o la habitación de hotel no crean las mismas necesidades que la oficina. Algunos asuntos requieren la lentitud de la escritura a mano, justamente porque el papel se resiste a la velocidad del pensamiento. Otros, sobre todos los que se han reflexionado mucho, se prestan mejor a sertecleados, porque hace falta, literalmente, arrojarlos de sí”.
Más información – Delibes y lo que es trabajar
Foto – La Mula
Fuente – Escribir es un tic (Francesco Piccolo)

Analepsis


La analepsis (escena retrospectiva, flashback en inglés) es una técnica, utilizada tanto en el cine y la televisión como en la literatura, que altera la secuencia cronológica de la historia, conectando momentos distintos y trasladando la acción al pasado1 . Se utiliza con bastante frecuencia para añadir suspenso a una historia, o para desarrollar más profundamente el carácter de un personaje. Enliteratura El ruido y la furia de William FaulknerEl jardinero fiel de John le CarréEl camino de Miguel Delibes o Pedro Páramo, de Juan Rulfo son ejemplos significativos. Un buen ejemplo en cinematografíaes La Conquista del Honor (Banderas de Nuestros Padres), de Clint Eastwood. En series de televisión pueden tomarse como ejemplos Lost (Perdidos), Cold Case y Psych, donde se sabe algo del pasado de los protagonistas mediante este recurso.
La analepsis es una vuelta repentina y rápida al pasado del personaje, diferente al racconto, que es también un quiebre en el relato volviendo al pasado, pero este último no es tan repentino y es más pausado en lo que se refiere a la velocidad del relato.

Manual de moribundos




Es un librito mínimo, apenas 126 páginas de un pequeño volumen de bolsillo con mucho espacio blanco alrededor del texto, y además una veintena de esas páginas son de notas. Pero he tardado varios días en acabarlo, porque cada pocos párrafos tenía que pararme a digerir.
No es un libro fácil de leer.
Hace falta haber vivido mucho, haber visto mucho (es decir, muchas muertes) para llegar a una sabiduría tan desnuda
Y no lo es no sólo por la densidad del pensamiento, sino también por los ecos reverberantes que suscitan sus líneas, por el miedo y la pena y la maravilla, por los recuerdos y por las verdades esenciales que una siente que roza con la punta de los dedos mientras lee este ensayo.
Es un texto que trata de la muerte. Es decir, de la vida. Lo expresa muy bien su autora en uno de esos pensamientos formidables que te hacen cerrar el volumen y rumiarlos un rato: “Morir es parte de la vida, no de la muerte; hay que vivir la muerte”. Es una frase que define a la perfección lo que es este libro: esa sencillez, esa sustancialidad, ese peso categórico de unas ideas que parecen estar talladas en piedra. Hace falta haber vivido mucho, haber visto mucho (es decir, muchas muertes, puesto que ese es el tema de este ensayo) para llegar a una sabiduría tan desnuda. El texto de Iona Heath (de la doctora Iona Heath, como se encarga de poner, significativamente, en la portada del libro) carece por completo de florituras literarias. Yo diría incluso que carece ferozmente de ellas, como si la autora se hubiera empeñado en limpiar los párrafos de todo adorno superfluo, en dejar sus palabras reducidas al puro hueso, un esqueleto blanco; o como si el afán estético, en un tema como este, tuviera algo de sucio, algo de indigno, y supusiera una traición a sus muertos, o sea, a los pacientes que ella vio agonizar.
Porque Iona, ya está dicho, es, sobre todo, una doctora. Es inglesa y en su biografía no viene su fecha de nacimiento, fastidiosa y tópica omisión que me irrita bastante y que parecería demostrar que, pese a su indudable lucidez, a su madurez existencial y su hondura humana, Heath padece tontas coqueterías y problemas con el paso del tiempo como todo el mundo. Sí dicen que empezó a trabajar en la medicina generalista en 1975, así que debe de tener sesenta y pocos años. Este libro, Ayudar a morir, es el compendio de todo lo que ha aprendido en casi cuatro décadas de frecuentar la frontera de la Oscuridad. “Escribo para encontrar mi camino”, dice Iona, y con estas palabras empieza su texto. Interesante arranque: su camino a través del enigma de la agonía de los otros, porque morir siempre es difícil y monumental y complejo. Y su camino hacia su propia finitud. Porque de lo único de lo que podemos estar seguros en esta vida es de que todos llegaremos antes o después a eso.
Fue Alejandro Gándara, que actualmente está escribiendo un ensayo sobre la muerte que estoy deseando leer, quien me recomendó este libro. Se lo agradezco: es una obra que te deja la sensación de haber aprendido algo de verdad necesario. “¿Por qué son tan pocos los pacientes que tienen lo que se calificaría como una buena muerte?”, se pregunta espeluznantemente Iona Heath; y lo de espeluznante viene a cuento porque ella, claro, sabe de qué habla. Es una especialista que conoce lo difícil que es ese tránsito final. Esa parte de la muerte, que es la agonía, es la que tenemos que vivir; y cada día no sólo pensamos menos en ella, sino que además la negamos y ocultamos. Y así, la muerte se ha convertido en una suerte de anomalía. O como dice Heath: “Hablamos constantemente de muertes evitables, como si la muerte pudiera prevenirse en lugar de posponerse”. La gente fallece en los hospitales, rodeados de máquinas y de profesionales sanitarios que no les conocen y que les tratan más como una cosa o un caso (un enfermo terminal) que como la persona que son.
Sin ser en modo alguno un libro religioso, tiene algo que roza lo sagrado, el respeto al misterio de morir, la pureza del dolor
“La negación contemporánea de la muerte impone agobios adicionales tanto a médicos como a pacientes”, dice la autora. Y explica que un estudio realizado en un hospital de casos críticos en Estados Unidos, reveló que el 55% de los enfermos con demencia senil murieron con los tubos de alimentación forzada aún puestos. Heath menciona unas palabras formidables de B. Keizer: “Uno de los encuentros más desafortunados de la medicina moderna es el de un anciano débil e indefenso, que se acerca al final de su vida, con un médico joven y dinámico que comienza su carrera”. Y añade otra cita aún más demoledora de C. Ricks: “En Estados Unidos hoy es casi imposible morir con dignidad a menos que se trate de una persona pobre”.
Heath usa muchas citas, pero enhebradas con el propio texto, depuradas, hechas carne, ese tipo de citas recogidas a lo largo de toda una vida que terminan convirtiéndose en puntos cardinales de la existencia. Con sus propias palabras y con las de otros, Iona Heath intenta acercarse a lo que puede ser una buena muerte. En tu casa, con tus seres queridos. Construyendo una narración de la propia vida. Incluso quizá con algún dolor, aventura Heath, si el paciente sabe que puede controlarlo si lo desea con sólo pedir más analgesia: “Por lo que parece, todas las cosas contra las que luchamos, el dolor, la enfermedad y el envejecimiento, son, en cierto modo, las cosas que hacen posible la muerte”. El estilo austero y epitafial de Heath termina adquiriendo cierto aroma litúrgico. Sin ser en modo alguno un libro religioso, tiene algo que roza lo sagrado, el respeto al misterio de morir, la pureza del dolor. Y el anhelo de la serenidad final y la aceptación. “A medida que se envejece se van sufriendo más pérdidas, sobre todo de seres queridos, y cuando la gente perdió a muchas personas que le resultaban importantes se le hace más fácil morir. La muerte de los otros abrió el camino, y en ese sentido los muertos ayudan a los vivos a morir. Tal vez cuando los muertos superen a los vivos estos puedan acompañar a aquellos, y tal vez sea por eso que a los jóvenes les cuesta tanto morir”. Un libro seco, revelador y distinto.
Ayudar a morir. Iona Heath. Editorial Katz. Madrid, 2008. Traducción de Joaquín Ibarburu. 126 páginas. 13 euros.

Preston desmitifica a Santiago Carrillo




De Carrillo se han escrito montones de cosas. Buenísimas y malísimas. La biografía que ahora aporta Paul Preston (Liverpool, 1946) se suma a las segundas. Y dado que Preston no es un antiguo correligionario resabiado ni un revisionista de la historia, sino uno de los mayores especialistas en el siglo XX español, su demoledor y controvertido retrato del principal líder de la oposición antifranquista arrancará sarpullidos. El zorro rojo (Debate) se puso en marcha tras la muerte de Carrillo pero buena parte del material empleado estaba en manos de Preston desde hace décadas. Después de su tesis doctoral, el historiador comenzó a investigar a la oposición antifranquista. El Partido Comunista de España (PCE) era la columna vertebral de aquel movimiento que, pese a sus intentonas, no logró acabar con la dictadura. “Luego la Transición se desarrolló de otra forma, no vino por la lucha antifranquista, que es la historia de un fracaso”, esgrime Preston en su casa de Londres ante un té humeante y un ventanal con vistas a un jardín nevado que contraría el reloj estacional.
Tras el fallecimiento de Carrillo, el pasado 18 de septiembre, varias editoriales le pidieron una biografía. “La tenía casi hecha, me puse a redactarla de forma coherente y lo que salió de mi encuentro con la documentación no era lo que me esperaba”, confiesa. Lo que salió es una visión desmitificadora, corrosiva. “Quedará claro que Carrillo poseía algunas cualidades en abundancia: capacidad de trabajo, ímpetu y aguante, destreza en la oratoria y escritura, inteligencia y astucia. Por desgracia, quedará igualmente claro que la honestidad y la lealtad no figuraban entre ellas”, sostiene el historiador, que le compara a Franco en el afán por reinventar su pasado y la crueldad.
Carrillo (Gijón, 1915-Madrid, 2012) vivió tanto que tuvo varias vidas. Nació en una casa pródiga en niños, afectos y conciencia obrera. Su padre, Wenceslao, era correligionario y amigo del socialista Francisco Largo Caballero. Fue precoz en militancia y responsabilidades políticas. “Si este Gobierno, entregado a las derechas, no rectifica, serán estas Juventudes las que asalten el poder, implantando su dictadura de clases”, arengaba en un mitin ante unos 80.000 jóvenes en 1934, cuando tenía ¡19 años!
Después de 17 meses en la cárcel a raíz del fracaso de la huelga de ese año, Carrillo viajó a Rusia. Le deslumbró. “Tuvo la sensación de que el PSOE era un partido del pasado”, escribe Preston. Ya estaba en la pista de despegue hacia el comunismo. A la vuelta comienza la guerra. Carrillo formaliza su ingreso en el PCE al tiempo que se desarrollan los sucesos de Paracuellos, el episodio que le perseguiría como un fantasma toda su vida, favorecido porque nunca dio una explicación sincera sobre los hechos, según Preston. Entre 2.000 y 2.500 presos fueron asesinados tras ser sacados de las cárceles en una operación que perseguía limpiar Madrid de sospechosos quintacolumnistas. Preston da una versión equilibrada entre quienes eximen y quienes culpan en exclusiva a Carrillo, y que ya figuraba en su libro El holocausto español (2011). “La autorización, la organización y la materialización de lo sucedido a los prisioneros involucró a muchas personas. Sin embargo, el puesto de Carrillo como consejero de Orden Público, sumado a su posterior relevancia como secretario general del Partido Comunista, supuso que le fuera achacada toda la responsabilidad de las muertes. Eso es absurdo, pero no significa que no tuviese ninguna responsabilidad”, escribe el biógrafo.
En febrero de 1939, Carrillo cruza la frontera. En París recibe la noticia del golpe de Casado contra Negrín y, lo que es peor, el apoyo de su padre a la operación, que le empuja a escribir una aireada carta en la que rompe con él. No volvieron a verse hasta dos décadas después. “Se puede interpretar que pone el partido por delante o que se pone a sí mismo por delante. El hilo conductor es siempre el egoísmo y la ambición”, afirma Preston.
El exilio acoge la peor cara del líder comunista. “Fue donde encontré sorpresas más desagradables. Saca conclusiones triunfalistas que despilfarran el heroísmo de muchos militantes de base y, por otro lado, sus interrogatorios son dignos del KGB”, plantea. El historiador sospecha que “fue reclutado” en su viaje a Moscú en 1936 y que posteriormente podría haber recibido una formación especial dadas las brutales técnicas de interrogatorio que aplicaría a comunistas caídos en desgracia. El hispanista achaca su progresivo ascenso hasta la cima del PCE a maniobras, mentiras y purgas de quienes podían ensombrecer su camino, como Jesús Monzón, cerebro de la fallida invasión del Val d’Aran, condenado a 30 años de cárcel, víctima de un intento de asesinato en prisión y expulsado del PCE. Algunos colaboradores de Monzón son asesinados, según declararon más tarde dirigentes comunistas, por “orden directa de Carrillo y La Pasionaria”. En sus memorias, el propio Carrillo escribía: “En aquellos momentos, no había que dar esas órdenes; quien se enfrentaba con el partido, residiendo en España, era tratado por la organización como un peligro. Ya he explicado que la dureza de la lucha no dejaba márgenes”.
Las expulsiones y purgas dentro del PCE, según Preston, tenían más que ver con el afán de congraciarse con el Kremlin que con la lucha contra la dictadura. Hasta 1953, cuando muere Stalin, el aparato español reproduce lo peor del estalinismo. Aunque algunos métodos perdurarán, hasta el extremo de que Preston titulará las versiones de la biografía en otros idiomas como El último estalinista. “Uno a uno, dio la espalda a aquellos que le ayudaron: Largo Caballero, su padre, Segundo Serrano Poncela, Francisco Antón, Fernando ClaudínJorge Semprún, Pilar Brabo, Manuel Azcárate o Ignacio Gallego”, escribe.
El Carrillo de la Transición es otro. “Hizo cosas por un lado pragmáticas para mantener al PCE en el tablero, pero que contribuyeron a disminuir el entusiasmo de las masas. Su manera de dirigir siempre fue autoritaria, imponiendo y no explicando”, indica Preston. Una gestión que acabó devorándole y expulsándole del partido en 1985. El único gesto de grandeza que el hispanista no rebate es el del 23-F, cuando Carrillo permanece sentado en su asiento. El único que mantiene el tipo junto a Suárez y Gutiérrez Mellado. Creía, sin ninguna duda, que le iban a matar y pensó que el secretario general del PCE no podía morir como un cobarde.

Alistan edición conmemorativa de libro de Borges que cumple 90 años




    Sus versos serán acompañados por dibujos de gran formato, en una edición conmemorativa
CIUDAD DE MÉXICO (04/ABR/2013).- "Fervor de Buenos Aires", el primer libro del destacado escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), cumple 90 años y para celebrarlo ahora sus versos serán acompañados por dibujos de gran formato, en una edición conmemorativa que presentará el Instituto Cervantes de Nueva York (EUA), el próximo 19 de abril.

El libro, que forma parte de la colección "Poetas y ciudades", se integra por 80 dibujos del argentino Pablo Racioppi, entre ellos varios retratos de Borges, en los que de acuerdo con el editor Pedro Tabernero, se ha ido conjugando "grafismos figurativos y expresionistas muy cercanos al espíritu borgiano".

De acuerdo con información difunda por agencias internacionales, Racioppi destacó que a diferencia de otros títulos de la colección de la que forma parte, "Fervor de Buenos Aires" es un libro legendario, pues es el primer libro del destacado vate, "de un clásico en vida como fue Borges".

En esta publicación, que posteriormente será presentada en Buenos Aires, Argentina y España, junto a una exposición, el lector podrá conocer la manera en la que Borges transforma la ciudad en un tema poético.

La edición conmemorativa incluye prólogo del escritor y ensayista Isaías Lerner (1932-2013), quien fue alumno de Borges y recuerda a su maestro.

La introducción es del literato español José María Conget (1948), quien define esta primera obra de Borges como "un libro de poesía amorosa, camuflada tras la enunciación estremecida de unas plazas, unas esquinas, unas salas familiares".

viernes, 22 de marzo de 2013

Epéntesis




Figura de dicción que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo; p. ej., en corónica por crónica y en tendré por tenré.

Amigos, la palabra que hoy os presentamos proviene del latín epenthĕsis, y este del griego ἐπένθεσις, intercalación (acción y efecto de poner algo entre otras cosas). En fonología, da nombre a una figura consistente en añadir algún sonido dentro de un vocablo...

...Su aparición y uso se debe a la evolución que han tenido los idiomas con el paso del tiempo, aunque también se deben a la necesidad de adaptar palabras extranjeras que no tenían equivalencia en nuestro idioma (por ejemplo fraque por frac -del homónimo francés frac, vestidura de hombre-)...

Nuestro custodio Altafulla toma el relevo para contarnos más aspectos acerca de otras figuras de dicción:

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Además de epéntesis, existen otras figuras de dicción que merecen un comentario, para lo que aprovecho el magnífico texto del prolífico escritor aragonésGregorio García-Arista y Rivera (1866 – 1946), que en su ensayo titulado “La Copla Aragonesa o Cantica” (sic), publicado en 1964 por Taurus Ediciones en la antología de J. García Mercadal sobre “La Jota Aragonesa” dentro de la colección “Temas de España”.

“…mientras el aragonés tiene predilección por la epéntesis (adición de letras en medio de la palabra) y decimos hancia, panso, ansa y onso, intercalando la n; el castellano lo tiene por la prótesis (adición al principio), en los vocablos aqueste, aquese, etc, que en Aragón apenas se utilizan; mientras se usa y aún se abusa de la aféresis (supresión de letras al principio), diciendo rabal por arrabal, batir por abatir, zafrán por azafrán, serrar por aserrar. 

Y siente preferencia por la paragoge (adición de letras al final de la palabra); así se dice huespéde (llano), con una e final, que antes llevaron también casi todos los infinitivos del verbo. Porque el aragonés no admite las palabras esdrújulas y dice cantáro y pajáro y arbóles y barbáro…/… Pero hay una figura de dicción que podríamos llamar predilecta del habla aragonesa, y es la metátesis o transposición de letras: bulra por burla, catredal por catedral, Grabiel por Gabriel, que algunos toman por defectos, cuando son las que la Gramática llama “figuras de dicción”, de archilegítimo uso, tanto en castellano como en aragonés.”

Con una cantica me despido entre glarimas:

“ Cuatro cosas bien dichas
dice mi Elena:
escuro, murimento,
zapo cangrena.”

El español, ¿petróleo de España?



Ricardo Soca 

La Real Academia Española, fundada hace trescientos años, se ha erigido en autoridad normativa de nuestra lengua con una fuerza institucional que no se conoce en ninguna otra lengua del mundo. El francés, el italiano, el portugués europeo y el de Brasil tienen sus respectivas academias (el inglés nunca las tuvo), pero ninguna de ellas cuenta con la fuerza y la autoridad casi indiscutida de la casa de Madrid.

Hoy los españoles son apenas el 10% de los hablantes nativos de nuestra lengua en el mundo, mientras incontables variedades florecen en todos los países, pero el reino de Juan Carlos I agarra con fuerza inusitada las riendas del español. La autoridad de la RAE forma parte de un discurso nacionalista y colonialista, que considera a los países americanos como vástagos que deben permanecer atados al viejo tronco madrileño desde donde se imparten las normas.

Esta ideología colonial, que hoy se convertido en lo que en sociolingüística se llama imperialismo lingüístico, ha adquirido particular vigor desde hace dos décadas, cuando el Estado español, a instancias de las multinacionales con sede en Madrid, Bilbao y Barcelona –Telefónica, Santander, BBVA, Repsol, Endesa, etc.– empezó a promover las Cumbres Iberoamericanas, en las que todos somos iguales pero las preside el rey de España. A partir de 1998 se empezaron a celebrar los Congresos Internacionales de la Lengua Española, donde también todas las academias son iguales pero admiten tácitamente la égida de su hermana mayor española. La academia española, así como sus satélites americanos, reconoce la existencia de variantes pero asume, como principio que no se discute, su liderazgo en el papel de «velar» por la unidad de la lengua. 

Para fortalecer esta postura ideológico-lingüística, la Fundación Telefónica ha financiado la elaboración de varios trabajos, luego publicados como libros, en los que se demuestra la importancia de luchar por la unidad del español para favorecer la penetración de las empresas españolas en el vasto mercado de 450 millones de hispanohablantes.

El petróleo de España
Al amparo de esta ideología, el exdirector del Instituto Cervantes, el filólogo Fernando R. Lafuente, afirmó recientemente en un artículo publicado en el diario madrileño abc, que el español era «el petróleo de España», pero al mismo tiempo reconoció que es hoy una lengua «profundamente americana», puesto que en América está el 90% de sus hablantes, y que solo un 5% (del total de hispanohablantes) «pronuncia la c». En el mismo párrafo, Lafuente afirma que este hecho «constituye la razón y el sentido» de la fortaleza cultural de España, que «debe enorgullecerse y maravillarse de su expansión y de su vocación atlántica»: 
«El idioma español es el petróleo de la sociedad española y de las sociedades que se expresan en español. La lengua, hoy, profundamente americana –nueve de cada diez hablantes están al otro lado del Atlántico, y apenas son un 5% los que pronuncian la «c»– constituye la razón y el sentido de la fortaleza cultural de una nación, su expansión, su profunda vocación atlántica, algo por lo que no solo uno debe sentirse orgulloso, sino maravillado y, al tiempo, sentir, también, una formidable responsabilidad».

Según la visión eurocéntrica de Lafuente, «pronunciar la csignifica hacerlo de la misma forma como se pronuncia la zen el centro y norte de España, mientras que hacerlo como el 95% restante de los hablantes de nuestra lengua equivale a no pronunciarla (tal vez crea que en América decimos asa porcasaaeite en lugar de aceite. Según él, el hecho de que los españoles deban sentirse »orgullosos y maravillados» de que los latinoamericanos hablemos español y, más aún, que lo sientan como «una formidable responsabilidad», permite entrever el ángulo imperialista desde el cual el reino del último Borbón concibe su papel con respecto a los hablantes no peninsulares de castellano. Por otra parte, si la lengua es «profundamente americana», no se entiende cómo puede ser el «petróleo de España».

En otro párrafo del mismo artículo, Lafuente explica supuestas dotes petroleras del castellano:
«La lengua española es el gran emblema de la historia de España, su mayor símbolo, su figura más internacional, su fuente de energía inagotable, sí, su petróleo. Porque el español es una fuente de energía renovable que no tiene coste de producción, que no se agota con su uso, que tiene un coste único de acceso, es un bien no apropiable y, además, el valor de uso se incrementa con el número de usuarios. Uno de los hechos determinantes en el presente del español es su honda capacidad, al cabo –como bien señaló Carlos Fuentes, el español es un idioma de frontera; un idioma de andariegos e inmigrantes, de aventureros y soñadores–, de la unidad en la diversidad».

En este párrafo queda más clara la concepción profundamente ideológica de la lengua como símbolo y emblema de España, lo que convierte al reino peninsular, implícitamente, en principal titular del derecho de explotar esa riqueza económica. Reconoce Lafuente que el incremento del número de usuarios merced a los hablantes americanos «incrementa el valor» de este hidrocarburo cervantino, aunque una oportuna cita al autor mexicano Carlos Fuentes sirva para matizar y mitigar el carácter imperialista del pensamiento del filólogo español. 

En cuanto a la curiosa definición del idioma como «fuente de energía que no se agota con el uso» y que «no tiene costo de producción», supongo que debe haber hecho revolverse en sus tumbas desde Adam Smith hasta Karl Marx, pasando por James Watt y Ferdinand de Saussure.


 N. del A.: Los trabajos de los lingüistas españoles Juan Carlos Moreno Cabrera, de la Universidad Autónoma de Madrid, y José del Valle, de la City University de Nueva York sobre nacionalismo panhispanismo, han sido de inestimable ayuda en la redacción de este texto.