lunes, 26 de julio de 2010

Kareem A. / Abdul Al-Hazred


Escritor.

Nombre / Seudónimo. Kareem A. / Abdul Al-Hazred
Nacionalidad. Mexicana
Lugar de residencia. Distrito Federal
Año de nacimiento. 1984
Estudios. Licenciado en psicología UNAM. 
Idiomas. Inglés, Español, Árabe.
Prosa o verso. 
Prosa. 
Géneros. Ficción.

Áreas de interés. Pintura, literatura.



Msn. abdulalhazred84@hotmail.com / abdulalhazred840@hotmail.com


Breve texto de tu autoría.

No sé cómo contar esta historia. Seré franco y diré que no sé cómo comenzar, así que comenzaré en un espontaneo intento por comenzar y no tendré miedo a parecer demasiado anacrónico o demasiado mal escritor. Lo primero que diré al respecto es que nunca tuve la intención de nada que no sea lo que las intensiones comunes, en dichos casos, deben tener, es decir, nada: ninguna intención. Y qué si ahora me encuentro preso y frente a esta máquina de escribir rentada (dentro nada es gratis), esperando la muerte, no es por culpa mía sino de la Ley incapaz de entender razones de peso. Ante el juez declamé un discurso que me parece irrefutable, que expone por una parte la justificación de mis actos, y por otra (la parte que se niega a quedar muda), la necesarísima, justa y aplaudible razón de los mismos. Pero el juez se ha limitado a juzgar conforme la usanza tradicional y sin el óbolo de inferencia; con total resistencia a pensar filosóficamente mis argumentos, y ha expuesto de manera irrefutable (la de él sí es irrefutable porque tiene el mazo), que soy merecedor de una pena de muerte. La pena de muerte no me asusta en absoluto. Lo que me preocupa, ¡y bien preocupado estoy!, es el hecho de que nadie, ninguno de los hombres de la corte haya entendido un rábano de mis palabras y que se deje en libertad a tanta mujer. Comprendo que para esos señores sea innegable que la mujer merece respeto y que matar a una persona no es bien visto por la sociedad, pero (este pero es importantísimo) en mi caso, el asunto es muy sencillo: he sufrido. 
 Amigos míos, los he librado de un terrible mal, de una maldición que se repetirá constantemente  una tras otra vez hasta que ya no, pero mientras ya no, tanto sufrir y tantas víctimas y tanto odio y ganas de matar.  ¡Les he ahorrado tanto; incluso la pena de muerte! Lo que me ha hecho ha sido más que horrible. Ha lastimado mi alma, mi corazón, mi cuerpo, mi sistema anímico, ¡ay mi sistema anímico! que quizá sea la suma de todo lo anterior, que no volverá a ser el mismo; ha ensuciado mi inconsciente con su insensibilidad, marcado para siempre (siempre dura lo que dura una vida) mi inconsciente. No podré amar nuevamente, no amaré a nadie más, seré como un alma en pena que ha perdido la capacidad de amar, ¡y le parece poco, señor Juez!

 No me opongo a nada, no pondré resistencia a mi muerte, pero deben saber, todos deben saber, que mi muerte es injusta. Y que si comprendieran un poco, tan sólo un poco, no sólo no habrían de matarme, sino admirarme por librar al mundo de una mala mujer. ¡Ay la buena mujer! Qué buena y qué merecido tiene vivir. Pero la mala, señores, la mala es como un plaga que contamina, se extiende; se extiende contagiando a otras mujeres y llenándoles la cabeza de libertinajes, de feminismos, de artimañas, insensibilizando los corazones de las pocas buenas mujeres. Y yo que soy tan bueno le he perdonado todo. Sí, le perdoné todo y le pedí de la manera más atenta que dijera la verdad, porque aún sabiéndola yo, quería darle el beneficio de la confesión, salvarla de sí misma con la oportunidad de confesar. No lo hizo, no. Continuó aferrada a mentir (a mentir y omitir verdades, o  transfigurando las verdades, que es lo mismo). Entonces supe que era mala, que no había en ella la mínima oportunidad y que tenía que matarla. 

 Su muerte fue planeada rápidamente. No quería hacerla sufrir, ya no era una cosa personal, sino la terrible obligación, la grata obligación, de librar al mundo de eso que era ella. Me decidí sin dificultad por el uso estratégico de una planta que en dosis suficientes la haría partir sin dolor; como en un sueño que no tiene despertar. Nótese mi gran caridad para con ella, le daría una muerte suave. Bien puede, y muy merecido lo tenía, asesinarla de atroces maneras: desollarla, quemarla viva, partirla en pedazos… Pero no, supe calmar mi ira e hice como el buen hombre que soy (buen-hombre-mal-juzgado que soy) y detuve la mano castigadora para darle simplemente lo que la razón y el sentido común me obligaban a hacer sin más remedio. 
 La cité en aquel café donde la conocí. Cuando la conocí me sedujo de inmediato. Era hermosa y de mente libre. Me engañó, tanto me engañó, que me hizo creer durante meses enteros que ella era una persona, un tipo de persona, y resultó ser otro tipo, el peor de los tipos de persona, de mujer; no hay nada peor que la mujer que miente por compasión. Las mentiras piadosas no se deben tolerar; ¡y menos yo que le pedí de la manera más atenta, tanto le pedí…! ¡Pero mintió! Coloqué el veneno en la taza de café sin que nadie me viera y el resto es este castigo que hoy me imputan. Ahora me culpan de intento de asesinato (hierba mala nunca muere). ¡Ella es la asesina! ¡Me mató en vida! Y ahora que moriré, no me atemorizo porque sé que Dios tendrá mejor juicio para conmigo que estos simios imbéciles de la corte.

 Los amigos aconsejaban que la dejara en paz, ¡no entienden nada! El problema es que he sufrido, sí, aunque lo grave del asunto es que dejarla en paz es hacerle daño a tanta gente, a tanto hombre bueno como yo que se enamorará de ella; porque ella es una mujer de apariencia agradable y seduce con máscaras que no son ella. Una técnica demasiado satánica y no es que sea yo un inquisidor pero sí, un buen ciudadano. 

 Ahora partiré. Amigo mío, si alguna vez la mira, dígale que la quiero. Dígale que en mis homicidas intenciones no hay nada personal. Que el sentido común se antepone a los sentimientos que para con ella tengo y por favor, no se demoré en esto que le pido; puede caer en sus garras y créame, se arrepentirá. No platique demasiado, no responda sus preguntas ni acepte sus invitaciones, no suponga verdaderas sus intenciones ni se deje cegar por sus apariencias de mujer tierna y agradable. De ser posible evítela. Prefiero morir sin que usted se arriesgue, llevando mis postreras palabras, a ser culpable de la muerte suya. Amigo mío, si alguna vez la mira, dele de tomar el tecito que guardo en el cajón del buró de mi habitación. Pero tenga cuidado de entablar conversaciones profundas porque antes de beber el té, usted puede caer en éxtasis falaz. Amigo mío está usted advertido, todo queda en sus manos. Yo pasaré a mejor vida, a una existencia sin ella que la quiero tanto, pero alegre de verme sano y salvo de sus embrujos.  


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