jueves, 2 de septiembre de 2010

'A un dios desconocido', de John Steinbeck



Con el libro del que os voy a hablar hoy, A un dios desconocido, de John Steinbeck, me ha pasado una historia curiosa, y es que lo vi cuando llegó a la librería, allá por el mes de Marzo, y me pareció de lo más interesante cuando hojeé sus páginas. Me decidí a leerlo, sí, pero ya sabéis como son estas cosas, y el caso es que entre un libro y otro, y que siempre tengo toneladas de libros que quiero leer, cuando fui a echar mano al libro, ya lo habían devuelto a la editorial. Total, lo tuve que mandar pedir y después de algunos días, ya estaba yo tan feliz en mi casita con mi libro en las manos, dispuesta a leerlo.
‘A un dios desconocido’ es uno de esos libros misteriosos que cuentan una historia, pero van mucho más allá. En este caso, nos sitúa en 1903, cuando Joseph Wayne, un joven granjero hambriento de tierras parte hacia el oeste de los Estados Unidos, donde será propietario de un gran rancho. Ya en California, conocerá la noticia de la muerte de su padre, y poco a poco irá convenciéndose de que en el gran árbol que está junto a la casa mora su espíritu. Animado por su creciente prosperidad, instará a sus hermanos a que se trasladen al rancho junto a sus familias, para así convertirse en una de las familias más prósperas del lugar. Pero, como siempre, no todo puede ir bien o nos quedaríamos sin historia que leer.

Así, Burton, uno de los hermanos de Joseph, obsesionado por la religión, verá en la veneración de Joseph por el árbol creencias y ritos paganos, lo que unido a una inesperada sequía, no tardará en desencadenar la tragedia… Cuajada de referencias a mitos paganos, creencias indias y ritos cristianos, la verdadera protagonista de ‘A un dios desconocido’ es la Naturaleza y su relación con el hombre. La Naturaleza, implacable, que poco entiende de vinculaciones de los seres humanos a una tierra y que impone sus ciclos de vida y muerte ajena a todo. Una novela que ahonda en el misterio íntimo del hombre y la naturaleza, de sus vinculaciones con la tierra, y de sus destinos, irremediablemente ligados.
Amor y muerte, sequía y tormentas, animales salvajes y domésticos, hermanos, mujeres, amantes y asesinos… Todo se mezcla en el crisol de un rancho en una tierra aparentemente fértil, pero traicionera. Las relaciones entre los hermanos, con sus esposas, con los vaqueros empleados se funden con los misterios de los ritos indios y mexicanos, con lugares secretos, salvajes y místicos, con una tierra, en fin, que guarda sus propios secretos y los muestra muy veladamente y por sorpresa. Personajes apenas esbozados pero con fuerza que dejan el total protagonismo a la Tierra, la Naturaleza, así, con mayúsculas, en la que todos estamos inmersos, y de un destino del que no podemos escapar.
Poco nuevo tengo que decir de John Steinbeck. Nacido en 1902, en SalinasCalifornia, es considerado como uno de los mejores autores norteamericanos. Autor de un realismo brutal, relató como nadie las penurias de un país sumido en una gran depresión económica y social, con unos personajes atados a una tierra que controla, para bien o para mal, sus vidas. Autor de obras tan destacadas como De ratones y hombres o La perla, su obra cumbre será Las uvas de la ira. Recibió varios premios a lo largo de su vida, incluido el Nobel de Literatura, que le sería concedido en 1962. Años más tarde, en 1968, moriría en Nueva York.
Antes de ‘A un dios desconocido’ sólo había leído otro libro de Steinbeck, Los hechos del Rey Arturo y sus nobles caballeros. Lo leí cuando tendría unos doce o trece años, en casa de mi abuela en verano, en una edad en la que leía de todo sin discriminación. Y cuando digo de todo, me refiero a, sí, cualquier cosa que tuviera tapas y letra impresa. Muchos años más tarde me enteré que el libro que yo había leído no era especialmente representativo de Steinbeck, y entre esto y que no me acuerdo del estilo, la verdad es que puedo considerar ‘A un dios desconocido’ como el primer libro de Steinbeck que leo. Y la experiencia no ha podido ser mejor.
La prosa de Steinbeck ha sido como una especie de revelación, y es que, aunque pueda parecer tremendamente sencilla, esconde una fluidez que ya quisieran muchos escritores para sí. En este caso concreto, me ha fascinado la manera en la que Steinbeck consigue que el paisaje se convierta no sólo en un personaje más, si no en el eje alrededor del que gira toda la novela. Casi puedes sentir en tu piel la emoción eléctrica de la tormenta a punto de descargar, la tensión de la sequía en los huesos, el miedo de los animales antes de ser sacrificados. Ha sido toda una experiencia que pienso volver a repetir en breve, no faltaría más. Me llaman especialmente la atención Tortilla Flat Cannery Row, por acercarme a algo un poco más cómico, pero ya veré cuál es el que cae en mis manos…
Para dar comienzo a la fiesta, Joseph hizo un ritual que le había contado el Tío Juan, algo tan antiguo y tan natural que a Joseph le resultaba familiar. Cogió un vaso de aluminio de la mesa y se dirigió al barril de vino. Lo llenó de vino, cantarín y burbujeante. Entonces levantó el vaso a la altura de los ojos y derramó el vino en la tierra. Otra vez volvió a llenar el vaso, pero esta vez se lo bebió, en cuatro sedientos tragos. El Padre Angelo sacudió la cabeza y sonrió, por la forma tan elegante en que se había llegado a cabo. Una vez terminada la ceremonia, Joseph se acercó al árbol y vertió un poco de vino en la corteza. Oyó la voz amable del sacerdote a su lado:
- Eso no está bien, hijo mío.
Joseph se giró inmediatamente.
- ¿Qué quiere decir? Había una mosca en el vino.
Pero el Padre Angelo sonrió comprensivo y algo triste.
- Tenga cuidado con los bosques, hijo mío. Jesús es mejor salvador que Hamadríade.
RBA
272 páginas
ISBN: 9788498677522
Traducción: Montserrat Gutiérrez Carreras

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