domingo, 11 de diciembre de 2011

EL MUNDO: la Academia bajo sospecha.


Luis Alemany, El Mundo




Hace 20 días, el académico Javier Marías proclamó en una entrevista con la agencia Efe una de esas frases tan 'marianas', un poco divinas y un poco hastiadas: «Supongo que a los escritores de la Academia, los filólogos nos deben de considerar un grupo de ignorantes; a veces me pregunto si no estamos ahí un poco de adorno, lo cual es una sensación que no me agrada mucho».

Su quejío ha sido un presagio de la edición de los dos volúmenes de El dardo en la Academia, la reunión de trece artículos escritos por filólogos que denuncian el funcionamiento de la Real Academia Española. Sus reproches: falta de rigor, conservadurismo e instrumentalización política, alto coste, falta de fiscalización por parte de las administraciones que la financian... Montserrat Alberte, editora de los dos volúmenes junto a Silvia Senz, explica en un correo electrónico las razones de su trabajo.

Legitimidad

«Ningún ensayo de El dardo en la Academia pone en cuestión la legitimidad de las tareas de normalización lingüística. Lo que se critica, cada ensayo con un énfasis particular y con más o menos exhaustividad, son diversos aspectos de la tarea normalizadora de la RAE: los fundamentos ideológicos, teóricos y metodológicos de la norma académica y su vigencia (nos referimos, por ejemplo, a sus criterios de corrección, los modelos de normalización que aplica, su doctrina teórica, el conocimiento del lenguaje del que parte, y las creencias que maneja); la calidad (transparencia, consistencia, arbitrariedad, subjetividad, disponibilidad...) de la norma y de los recursos en línea; la adecuación de la norma a las necesidades reales de normalización (que son muy diversas y cuyo desarrollo la RAE está obstaculizando alarmantemente, sobre todo en el caso de la terminología y la neología en castellano); los propósitos de la tarea normalizadora de la RAE (que obedecen a fines económicos y geopolíticos y no a necesidades de los hablantes), y los ardides que emplea para que su tarea no se cuestione, como fomentar en el hablante la creencia en una serie de mitos lingüísticos sin base científica alguna».

«Uno de los mitos que fomenta para garantizar su continuidad (y la de sus miembros) como autoridad idiomática es el de que, sin su labor de normalización, la lengua se fragmentaría. A demostrar la falta de base científica de esta idea se dedican diversos capítulos de la obra, que no sólo desmontan el mito académico, sino que conceptualizan la idea de unidad y disgregación idiomáticas en los términos que corresponden al conocimiento actual sobre qué es una lengua y cómo funciona, y precisan de qué modo se mantiene realmente dicha unidad».

Reproches políticos

«[A la Academia le reprochamos] que, valiéndose de su conexión con el poder y la autoridad que de ella deriva, pretenda convertirse en el único organismo de normalización de la lengua, en prácticamente todos los campos estandarizables, tenga o no atribuciones para ello».

«[La Real Academia] recibe cuantías de financiación pública (del Estado, de ayuntamientos y de las 17 autonomías) que no se corresponden con la calidad y disponibilidad de sus obras y recursos y que tendrían mejor destino si se dedicaran a la muy necesaria investigación sobre la lengua española y sobre las tecnologías lingüísticas. La RAE perjudica gravemente al avance de la lengua española en los términos de desarrollo que le urgen».

«Su labor se traduce en un suculento negocio editorial, aspecto sobre el que ELMUNDO.es ha publicado fabulosos datos»

«Su papel no está al servicio de la unidad real de la lengua, sino de la unidad normativa (que es otra cosa y tiene fines sobre todo comerciales), y también del fomento de una falsa idea de comunidad cultural hispánica esencialmente homogénea; dos fines que en realidad logran el efecto contrario al perseguido, porque los hablantes no se reconocen en la representación de la hispanofonía que ofrece la RAE (y estamos asistiendo a evidencias de ello en Argentina) y además hace tiempo que están cobrando consciencia de que lo único que la RAE hace es favorecer una imagen del español y de su comunidad de hablantes favorable a ciertos intereses geopolíticos de España y, sobre todo, a los intereses crematísticos de las corporaciones que cofinancian (y publican) a la RAE por medio de la Fundación pro RAE y la Fundación Carolina, muchas de las cuales llevan lustros establecidas en América Latina, explotando sin contrapartidas el mercado idiomático, cuando la lengua es de todos».

¿Una alternativa a esta RAE?

«En la obra no dibujamos expresamente un perfil alternativo, sino que dejamos abiertas diversas posibilidades. Por ejemplo, un sistema de normalización liberal, sin organismos oficiales pero con autoridades idiomáticas por mérito propio, que es el que siempre se ha aplicado para la lengua inglesa, con excelentes resultados; particularmente, es el que preferimos las editoras».

«[Otra opción sería] un organismo de política lingüística moderno, con diversas ramificaciones según las diversas necesidades de normalización, pero en ningún caso único ni centralizado; formado por lingüistas y filólogos, con conocimientos actualizados y cuya metodología de trabajo se correspondiera con la de la lingüística del siglo XXI. Todos los autores consideramos que cada país donde el español es lengua de uso habitual u oficial ha de poder establecer sus propios organismos normalizadores autónomos y sus propias líneas de política lingüística. Incluso nos parece perfectamente lícito que en el seno de un mismo país se desarrollen distintos estándares idiomáticos y explicamos por qué eso no impide la unidad de una lengua. Si después hay o no voluntad de coordinación entre organismos y de continuidad entre estándares, ya depende del clima de entendimiento, sin engaños ni chantajes, que se propicie».

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