miércoles, 19 de septiembre de 2012

Inasible.




Que no se puede asir. 

Inasible es un adjetivo que califica aquello de naturaleza etérea, que no se puede tomar, prender o coger. Se puede emplear también en sentido figurado para calificar lo que es imposible de comprender por ser demasiado sutil, críptico o abstruso... 

 “…son entonces inasibles y casi sin argumento; mas dejan huella. Son efímeros por inasibles. Y no lo son como afecciones de la sensibilidad o emanaciones de ella. Mas tiene en común el pasar sin pensar como humo desprendido, como esencia evanescente...
Humo que en los sueños se desprende de una sensibilidad herida, de una herida abierta que no siempre causa sufrimiento. Y en la vigilia simplemente de loinasible y pasajero, de que la realidad a que tales viviencias se refieren no es admitida porque no afecta, apenas es sentida; algo más percibida que sentida, mientras que en los sueños es más sentida que percibida…” 

 Estas bellas palabras que acabamos de citar pertenecen a Los sueños y el tiempo, obra de la filósofa y ensayista española María Zambrano Alarcón (1904-1991). 

Por otra parte, Silvio Rodríguez Domínguez -cantautor, guitarrista y poeta cubano- nos regala estos hermosos versos a propósito de nuestra voz del día:
...Hace quince silencios 
y otras muchas tristezas 
quién sabe qué diría
 su voz de inteligencia. 
Por eso un cisne canta, 
prófugo en la floresta, 
a tonada inasible 
que despertó el poeta.” 

Houllebecq en verso y en prosa.






Michel Houellebecq (Isla de La Reunión, 1958) habla lentamente y se pone la mano frente a la boca, lo que obliga a prestar mucha atención. Tras cada pregunta llega un silencio, un largo silencio seguido de un carraspeo, un mmm... y finalmente la respuesta, que arranca divagante y va articulándose con un movimiento de vaivén hasta alcanzar una coherencia cristalina. Uno percibe que sus neuronas están estableciendo conexiones que él va descartando. A veces los silencios son demasiado largos, pespunteados por insistentes sonidos guturales y una mirada perdida, de besugo. Es cuando el entrevistador tiene que cambiar de tercio.
Ha estado en Barcelona para presentar Poesía (Anagrama), un volumen que reúne los cuatro libros de su obra poética. Muchos recuerdan la espantada que protagonizó cuando se le esperaba para presentar su última novela, El mapa y el territorio, también en Anagrama. Ahora vive en París, después de un largo periplo existencial por lugares tan poco probables como la costa de Irlanda o el Cabo de Gata, entre otros. Pero no le gusta París y tampoco la naturaleza. “No envidio a esos pomposos imbéciles / que se extasían ante la madriguera de un conejo / Porque la naturaleza es fea, cargante y hostil / No tiene ningún mensaje que transmitir al ser humano”, reza uno de sus poemas.

Estrella mediática

Con 'Ampliación del campo de batalla' (1994) Houellebecq se dio a conocer como un escritor brillante y polémico. Y, sobre todo, un potencial superventas en toda en regla.
'Las partículas elementales' y 'Plataforma' le consagraron como escritor mediático y ciertamente extravagante. El premio Goncourt que recibió con 'El mapa y el territorio' en 2010 le concedió el reconocimiento de la industria, pero fue acusado de plagiar fragmentos de la Wikipedia.
Dejó Irlanda, dice, porque estaba harto de hablar inglés, aunque luego reconoce que eso de estar sumergido en otro idioma tiene ventajas para el novelista. “No está nada mal acentuar el aislamiento, no poder hablar más que inglés. Hay que estar solo para escribir una novela; es la soledad acentuada por la soledad lingüística. Pero no es agradable, aunque nunca se ha dicho que escribir una novela tenga que ser agradable”. EnEnemigos públicos (Anagrama), su epistolario con Bernard-Henri Lévy, escribe: “Prefiero la poesía, detesto contar historias, pero siento que he sido requerido para salvar los fenómenos humanos que se manifiestan frente a mí”. Ahora matiza: “Me gusta describir personajes, pero no contar historias. No me gusta provocar suspense…” Sus novelas son de largo recorrido y con buenas dosis de intriga y de drama, le señala el periodista. “En El mapa y el territorio hay muy poco suspense”, insiste, “pasa lo que tiene que pasar, no hay sorpresas ni giros inesperados. En otras novelas había, por lo menos, un suspense sentimental, en esta última no. El principio del drama consiste en que el lector se pregunte siempre qué es lo que va a pasar, y creo que la principal originalidad de esta novela es que no hay un suspense dramático”.
El propio Houellebecq es uno de los personajes de El mapa y el territorio, un viejo escritor que ya no escribe y que no lee más libros que los que ya ha leído y algunos ensayos, pero no ficción. No es el caso. “Sí que leo ficción y también ensayos, aunque me he dado cuenta recientemente de que no puedo decir que realmente los lea, leo en diagonal, me contento con saber lo que piensa el autor, me bastaría con un resumen”.
Escribe a mano. “Es mucho más práctico, porque se puede hacer en cualquier parte e incluso acostado”. Lo hace en papeles sueltos que luego corrige enseguida en el ordenador. “Paso mucho más tiempo corrigiendo que escribiendo”. Cuando empieza una novela no tiene ningún esquema previo en la cabeza; arranca y avanza, y no sabe si el ordenador ha cambiado o no su estilo, porque nunca ha escrito a máquina. “Creo que es algo que no hubiera podido soportar”, asegura.
"Mi vida es como en un hotel; pronto o tarde deberé dejar la habitación"
De pronto se le ve inquieto, se agita en su silla y deja correr un largo silencio. “¿Puedo salir a fumarme un cigarrillo?”, pide educadamente. La pequeña sala en la que tiene lugar la entrevista tiene una gran puerta abierta a una terraza. Puede fumar aquí, le sugerimos. Llueve, pero se levanta y se coloca en el quicio de la puerta. A medio cigarrillo vuelve a sentarse.
“Me siento en mi vida un poco como en un hotel. Sé que tarde o pronto tendré que dejar la habitación. Es un sentimiento típicamente moderno el de estar en un hotel”, asegura. “El hecho de no construir nada es una de las grandes causas de la depresión contemporánea”, añade.
Cuando publicó Las partículas elementales, en 1998, hubo quien le etiquetó como “nuevo reaccionario”. “Es imposible que yo sea un reaccionario, soy un conservador”, replica, “un reaccionario es alguien que cree firmemente que se puede regresar a un estado anterior de la Historia, lo que yo no creo para nada. Siempre he tenido la sensación de que todo es irreversible, de que es imposible volver atrás. Soy un conservador bastante típico: pienso que cualquier innovación, en principio, va a salir mal, [ríe abiertamente por primera vez] y estoy contra la innovación porque supone siempre un peligro. Digamos que soy un pesimista que ve antes el peligro que la esperanza”. Cita a Goethe, cuando dice que más vale una injusticia que un desorden. “Sí”, se reafirma, “más vale un orden injusto porque el desorden es la peor de las injusticias, es la vuelta al estado precivilizado”.
Considera que ahora se produce muy buena literatura, “incluso mucho mejor que la que se hacía cuando yo era pequeño, en Francia”, y no teme por su oficio. “Los franceses leen mucho y tienen la impresión de que el libro les habla del mundo que conocen”. De autores españoles cita a Antonio Muñoz Molina, y relata con precisión el argumento de El viento de la luna, que le parece una buena novela. Y sobre la valoración que pueda hacerse de su obra tiene una brillante metáfora: “Creo que tendré más influencia que Borges porque no tengo su talento y por lo tanto soy mucho más fácil de imitar”.

Elogio de la palabra.

Héctor Abad Faciolince, El Espectador 























Según el mito adámico (la etimología de la palabra Adán nos lleva a la expresión «creador de nombres») el primer hombre se pone a mirar las cosas y a asignarles un nombre. Señala un gran animal con garras, amarillo, que parece un fabuloso gato peludo, y dice: león. Y león queda para toda la vida. Ve luego un reptil frío y pequeño, que parece el resumen de un cocodrilo, y exclama: ¡lagartija! Y lagartija será por los siglos de los siglos, o por lo menos hasta la catastrófica torre de Babel que con la confusión de las lenguas hizo la difícil maroma de poder explicar con una historia el problema de la gran variedad de los idiomas en que nos expresamos los hombres. 

Nosotros, por fortuna, nos expresamos en este exitoso dialecto del latín que llamamos español, y que hace cinco siglos hablamos también por estos lados con inflexiones paisas, cachacas o costeñas. Adán y su capacidad de crear palabras, en realidad, sigue reencarnando en todos nosotros pues aún hoy en día, y día a día, es necesario inventar palabras (o reencaucharlas) para nombrar la realidad. Es probable que hasta antier no supiéramos lo que es un celular (que ya no es un tejido, sino una antipática forma de no poder esconderse jamás) y que hace algunas semanas tampoco entendiéramos tan bien lo que hoy con tanta seguridad llamamos informantes o cooperantes. Todos los días anónimos Adanes inventan palabras nuevas para nombrar nuevas cosas. La realidad no deja de sorprendernos y nosotros no abandonamos la feliz manía de nombrarla, de intentar atraparla en una combinación de sonidos. 

Pero el mito de Adán ya no satisface a casi nadie cuando pensamos en los orígenes del lenguaje humano. Uno de los más grandes interrogantes sobre la evolución del hombre tiene que ver con la aparición del lenguaje. Los evolucionistas y los neurólogos han encontrado cosas interesantes en eso que podríamos llamar el órgano mental, el órgano de las ideas, es decir el cerebro. Han encontrado por ejemplo que la zona del córtex cerebral que corresponde al movimiento de las manos es mucho mayor que la que corresponde al movimiento de todo el resto del cuerpo, del cuello hacia abajo. Y han encontrado un tamaño análogo (en cantidad de cerebro que se ocupa de una función) sólo en la parte que concierne a la producción física del lenguaje (lengua, labios, mandíbula, laringe). Comparado con un chimpancé, el hombre, dedica una porción análoga de cerebro para mover los pies. Pero el chimpancé‚ le dedica lo mismo a las manos que a los pies y, por supuesto, no le dedica casi nada a sus aullidos, mientras que el hombre le dedica muchísimo cerebro a sus manos y a esa especie de aullidos que son también sus palabras. 

Lo anterior es una confirmación más de la importancia de la mano como herramienta de precisión -única entre todas las especies- que fue factor determinante en el desarrollo de la inteligencia. Esto se sospechaba hace mucho. Ya lo había intuido el filósofo griego Anaxágoras (hace 2.400 años) cuando sostuvo que «la mano hizo al hombre el más inteligente de los animales». 

Tanto el homo habilis como el homo erectus tenían ya unas manos bastante sofisticadas y precisas que les permitieron construir herramientas rudimentarias. Estos antepasados nuestros habitaron la tierra por unos dos millones de años sin que se manifestaran grandes cambios. Cuando, hace unos 200 mil años, el homo erectus salta al sapiens arcaico, con un aumento considerable de la capacidad del cerebro (de 1.200 a 1.600 ml.), las herramientas de los antepasados erectus y habilis se pulen un poco y varían en su forma, pero pasan otros 170 mil años sin que haya grandes avances. 

Y de pronto, hace apenas unos 30 o 35 mil años, se produce lo que los evolucionistas llaman «una gran explosión de creatividad, quizá el salto en nivel de inteligencia más notable que se registra en la historia del hombre.» 

¿Qué pasó hace 30 mil años? Recapitulemos: durante dos millones de años el progreso de los antepasados del hombre es muy lento. El mismo homo sapiens arcaico pasa 170 mil años sin mostrar grandes avances en sus herramientas, es decir, en su precaria tecnología. Y de repente, hace 30 mil años, como en una avalancha, surgen uno tras otro «el arco, la flecha, los arpones, las herramientas compuestas». Y aparece también el arte, los dibujos en las piedras y las herramientas con adornos inútiles, sólo para el goce visual. Son de ese momento mágico las impresionantes pinturas de las cavernas. ¿Cuál fue la razón de esa gran explosión de creatividad? 

Parece ser que el gran cambio (así lo creen destacados evolucionistas) consistió en algo que no deja huellas en las piedras ni en las paredes de las cavernas. Apareció algo que no pesa ni deja rastros la arcilla blanda. Apareció esa cosa hecha de aire, esa cosa efímera que en el mismo instante en que aparece desaparece. Aparecieron, pues, las palabras, el lenguaje articulado, este ruido hecho de hondas que se mueven con cierto orden en el aire. Los gritos, las interjecciones, los llamados de atención, los lamentos, los alaridos de cólera o de miedo o de dolor o de alegría, los aullidos, se concentraron en algo menos alharacoso y más elaborado: en palabras. 

No es una coincidencia que aparezcan simultaneamente el arte y el lenguaje articulado. No es una coincidencia porque si nos fijamos en las primeras manifestaciones artísticas (la pintura de las cavernas y los grabados en hueso y marfil) vemos que el arte nace como arte abstracto. ¿Qué es el arte abstracto? Este consiste en la concentración y simplificación de una forma natural, por ejemplo de un animal. En unos pocos rasgos visuales, en unas líneas casi esquemáticas, reconocemos un toro, un caballo, un bisonte. 

El arte nace como una abstracción de la realidad, como una representación simbólica de la realidad. Antes había solo tigres reales, «de caliente sangre», como diría Borges. Con el arte aparece también el tigre (digamos) de papel, de piedra, de hueso, el tigre pintado en la pared; el arte nos da la representación abstracta del tigre, no de un tigre concreto, sino de todos los tigres reales. Es algo muy parecido a lo que hace el lenguaje articulado, capaz de evocar las cosas del mundo mediante una señal sonora, una abstracción sonora. El lenguaje representa simbólicamente objetos e ideas. Además del tigre de las llanuras surge el tigre de aire, el de la palabra que lo designa. 

Hace 35 mil años aparece, pues, el lenguaje, representado en alguna lengua o lenguas arcaicas, la palabra como nueva herramienta (de alcances insospechados e ilimitados) para expresar el pensamiento. Del arte hay huellas precisas que se conservan en las paredes; de la voz humana, volátil y efímera como es, no nos quedan rastros, y habría que esperar otros miles de años hasta que a algún genio desconocido se le ocurriera inventar la escritura. Pero la gran explosión de creatividad en las herramientas y la aparición del arte (esa gran muestra de capacidad simbólica) nos hace pensar que esa gran estructura de símbolos que es el lenguaje apareció al mismo tiempo. 

Es posible que el erectus y el sapiens arcaico tuviesen alguna forma de lenguaje, aunque no plenamente desarrollado. Quizá por desviaciones de mi oficio, pero también por las hipótesis que he leído en libros de reputados evolucionistas, creo que la aparición del lenguaje articulado fue el gran motor de la inteligencia y del desarrollo del hombre en los últimos 35 mil años. Existe una inteligencia sin palabras, un pensamiento sin palabras, eso que los científicos de la mente llaman un «mentalese»; pero conseguir la traducción a palabras de ese mentalese constituye un gran paso para transmitir y conservar la experiencia, el pensamiento y el conocimiento. 

La palabra ha sido nuestra gran herramienta para domesticar las ideas, para ordenar nuestro pensamiento, para conseguir llegar al razonamiento lógico explícito y al pensamiento conceptual. Con la aparición del lenguaje el hombre, por fin, puede hablar de ayer (es decir, transmitir experiencias) y puede hablar de mañana (o sea prever hasta cierto punto el futuro). 

Imagínense tan solo la gran ventaja que significa poder referirse a un bisonte sin tener que tener al frente al bisonte mismo. Frente al bisonte hay que correr, frente a la palabra bisonte se puede seguir sentados, alrededor del fuego de la caverna. Es una frase que repiten todos los lingüistas: la palabra bisonte no embiste, o la palabra perro no muerde. Lo útil es que antes de arriesgarse a enfrentar al bisonte, el hombre puede discutir con sus compañeros de cacería, puede afilar y sofisticar sus armas, puede representar en la cabeza (y en palabras) una simulación subjetiva de lo que hará. Remeda en el pensamiento lo que puede suceder en la realidad. Antes de intervenir en la realidad, nombra la realidad. 

Y así llegamos una vez más al mito de Adán nombrando las cosas. Volvemos a un grupo de hombres que habla, y quizá ahora (gracias a ciencias modernas como la paleología y la neurología) nos expliquemos un poco mejor cómo se fue llegando a esta posibilidad. Podemos imaginarnos, las palabras nos pueden llevar a hacernos imaginar, unas tribus de hombres que intercambian palabras, es decir ideas, que hablan y contestan, que deciden hablar antes de darse un garrotazo; antes de usar las lanzas afiladas discuten si puede haber otra solución. Todavía hablan, todavía no han pasado a los hechos, y aquí las palabras (creo) valen mucho más que los hechos. Dejemos a esas dos tribus discutiendo sobre si se van a agarrar a garrotazos o no. Mientras ellos discuten sigamos nosotros repasando otros aspectos de la fuerza de las palabras. Todos hemos podido comprobar algo maravilloso. En el limitado espacio de nuestro cráneo cabe, por ejemplo (y por completo) una mujer. Un ser amado se instala en nuestro cerebro y ahí está, entero, con sus cicatrices en el brazo, supongamos, con su pelo negro o rubio o rojo, con muchas de las palabras que ha dicho, su sonrisa, etc. Cabe también una ciudad, las largas avenidas de una ciudad, sus hermosos u horribles edificios, su río de aguas turbias. Mediante ideas y palabras podemos almacenar en el pequeño espacio del cerebro los ilimitados espacios del mundo. 

Y cabe no solo lo que de veras existe, sino incluso lo que no existe: cabe una manada de unicornios que pasta en una pradera anaranjada a orillas de un río por el que fluye vino tinto, caben tres dragones o más, uno de ellos escupiendo fuego a chorros, caben todos los dioses griegos y romanos, más todos los dioses aztecas y chibchas, caben los gnomos y las patasolas, cabe una planta que puedo inventar, la pubirna, excelente para prevenir la caída del cabello, caben todos los animales fantásticos, cabe el brazo izquierdo que perdió Cervantes. A esta capacidad de almacenar en el cerebro algo que no está presente, algo ausente, la llamamos la capacidad de representación, de evocación. De ahí provienen esos conjuros muy antiguos por los que creemos que pensando mucho en algo o en alguien podemos atraerlo. Atraer por ejemplo la lluvia concentrándonos en la lluvia, o atraer los días soleados concentrándonos en el sol. 

Por esta capacidad de evocación, se le teme a las palabras. La gente suelta unas palabras de desgracia (tipo: «si yo llegara a rodarme en el carro por un precipicio…») y se precipita a tocar madera, no vaya a ser que lo que dijo pueda atraer ese mal. O repite: «Que lo tape, que lo tape, que el portero lo tape». Y cree con las palabras atraer ese bien para el propio equipo y ese daño para el equipo rival. No funciona, claro que no funciona, sabemos que no funciona, pero tenemos a veces la ilusión de que evocar sea también invocar. 

Pero por otro lado puede ser verdad, en cierto sentido limitado, que las palabras produzcan cierta realidad (una realidad virtual). Se dice que los muertos no mueren del todo hasta que no hayan muerto los vivos que los recuerdan. En mi cabeza como en la de todo el mundo, siguen presentes -cargadas de realidad- muchas personas que ya han desaparecido, un amigo que se suicidó, otro que se mató en un accidente, otro que me mataron en un atentado. En las palabras conservamos incluso a los muertos. El eco de las palabras del poeta Ovidio, que murió en el exilio hace dos mil años, tiene todavía algo de su acento. Este es el sueño que alimenta en su tarea a muchos escritores: no morir del todo, dejar de sí al menos el eco de las propias palabras. 

Las palabras son el vehículo de ese poder extraordinario de la mente que consiste en imaginar, en recordar, en combinar recuerdos con imaginación. Sin ver un árbol yo puedo convocar un árbol diciendo la palabra árbol. Un botánico podría hablarles media hora de los guayacanes o sobre los almendros sin tener que traerles aquí un guayacán. Sabemos que ese árbol que yo nombro no da sombra, ni llenará jamás este suelo de flores amarillas, o de hojas secas, como los árboles reales de las haciendas de Montería. Pero las palabras luchan por atrapar la realidad. También muchos convocan a ángeles o santos para que les ayuden. Los griegos llamaban a sus dioses, les pedían servicios, y así hacen los musulmanes y los judíos y los cristianos. Intentan captar, atrapar en palabras a seres ultraterrenos. O detenerlos, mantenerlos alejados también con palabras o no pensando en ellos. No nombrando su santo nombre en vano. O diciéndole «vade retro»; aquí deben de ser expertos en diablos, así que sobre esto no me voy a extender. 

Volvamos, en cambio, a las dos tribus enfrentadas, con las armas afiladas, que habíamos dejado hablando. Supongamos que discutían sobre cuál de las dos podía hacer uso de un nacimiento de agua. Unos decían, «nosotros lo vimos antes», el otro grupo contestaba, «es que nosotros tenemos niños y ancianos», y los otros volvían a responder, «nosotros también tenemos niños y ancianos». Unos, más mansos, decían, «podemos intentar organizarnos para que el agua alcance para las dos tribus», pero otros decían, al oído del jefe «las lanzas de ellos tienen menos filo, los brazos de ellos tienen menos músculos, luchemos y les ganaremos y el agua será sólo para nosotros». Dejan de hablar, las palabras a veces también sirven para dejar de hablar, o para herir e incitar a la lucha. Dejan de hablar y empiezan a matarse. Los dejo imaginarse la carnicería. Es muy fácil. Es la misma que sufrimos hoy en Colombia. Sangre y más sangre. 

Pero, fíjense. Hubo un momento en que las dos tribus no peleaban. Un momento breve y frágil, un instante distinto. El momento frágil en que estuvieron discutiendo, intercambiando palabras. Yo quisiera poder imaginarme unas palabras tan seductoras, que distraigan tanto, en cierto sentido tan mágicas, que uno vaya olvidando de qué es que estaba discutiendo cuando hablaba. Unas palabras tan intensas que suplanten la dolorosa realidad de la disputa, que doblen la realidad hacia las inofensivas palabras.Yo sueño con unas palabras que produzcan siempre más y más palabras. Mejor dicho, me imagino un país en el que todos nos la pasemos conversando, intercambiando ideas, pensando en voz alta. Eso es lo que hace la literatura, y por qué no, también lo que hace el periodismo. Uno de mis libros preferidos enseña eso, el combate entre los cuentos y la realidad. El sultán de las mil y una noches yace cada día con una doncella distinta, y la hace decapitar al amanecer. En cada una de estas vírgenes que dejan de serlo se venga de la traición que le jugó su esposa. Hasta que llega Sheerezada y es capaz, con los cuentos, de postergar la sentencia, de suspender la violenica. Eso es lo que hacen los cuentos y lo que hacen las palabras: postergan, hacen más larga y llevadera la ineludible sentencia de la muerte que todos llevamos dentro. Los felicito por dedicar esta semana al más maravilloso de los inventos humanos: la palabra. 

¿Puede ser humanitaria una catástrofe?



Fernando Lázaro Carreter 


Los brutales acontecimientos de Ruanda han sido calificados por bastantes medios de comunicación como catástrofe humanitaria, cuando es precisamente lo humanitario lo menos catastrófico de aquel horror. De nuevo, atropellados comunicadores mal avenidos con el idioma español, han vuelto a incurrir en desidia profesional agrediendo con ella a lectores y oyentes: son bastantes, más que en otras ocasiones, las personas que me han expresado su escándalo o su ira por tal sandez.

Se ha producido en tales agresores el pueril entusiasmo que desencadena en los niños un juguete nuevo. Porque es evidente -pues ignoran su significado- que desconocían aquel adjetivo, y lo han descubierto con motivo del horror ruandés, por la ayuda humanitaria a que ha dado lugar. Les ha gustado mucho, y han interpretado tal expresión como vagamente alusiva a la humanidad: humanitario sería algo así como 'que tiene que ver con los humanos', representados en este caso por aquel mísero pueblo de Africa. Ignoran de ese modo, cuadrupedalmente, que lo humanitario es lo que «mira o se refiere al bien del género humano», y más esencialmente, lo que se siente ose hace por humanidad, es decir, por «sensibilidad o compasión de las desgracias de nuestros semejantes», según define el Diccionario.

En este último sentido, no es otra cosa que la caridad, desprovisto el vocablo de adherencias cristianas. Su invención, puede suponerse, se produjo en fecha no muy lejana, y según puede suponerse también, la invención es francesa. Se trata de un vocablo vecino de fraternité, palabra ésta ya existente desde antiguo, pero que fue lanzada a una significación rigurosamente laica por la francmasonería, significación que luego privilegiaría la Revolución francesa. No tenía por qué extrañar a los cristianos, dado que era vocablo utilizado en el lenguaje de la espiritualidad religiosa. Los revolucionarios adoptaron el término sin ninguna reserva; y no lo habían tomado necesariamente de los francmasones: Michelet, apóstol de tal sentimiento, escribió acerca de él, en 1817, que era tan antiguo como el hombre, que existía en todo el mundo, y que había sido «étendu, approfondi par le Christianisme». (Más escéptico, Flaubert dirá poco después que «la fraternité est une des plus belles inventions de l'hypocrisie sociale» ). El español, que ya tenía fraterno y no desconocía fraternidad desde bastante antes, la colocó al lado de hermandad y, frecuentemente, frente a ella: era emblema de la modernidad seglar representada por el país vecino, y señal, si no siempre de librepensamiento, sí siempre de pensamiento libre.

En francés no habían cesado las creaciones léxicas dentro del mismo ámbito significativo (aunque, claro es, con matices diversos), y con el mismo deseo de marcar distancias respecto de la caridad. Surgieron así solidarité, a principios del siglo XVIII, incorporada a nuestro idioma como solidaridad a mediados del siglo XIX; y, por entonces también humanitaire y humanitarisme, avencidados en España con toda prontitud.

En Ruanda no se ha producido una crisis humanitaria. La cual habría acontecido si la humanidad –como, por otra parte, hace de ordinario, ahora mismo sin ir muy lejos con motivo de otras catástrofes-, en vez de acudir en ayuda de los desventurados ruandeses, hubiese mirado a otra parte. Lo que allí ha acontecido y acontece es una catástrofe humana. Pero la tentación de alargar los vocablos, distorsionando su significado, atrae a los malhablados como a las moscas un flan.

Breve análisis de los símbolos lorquianos.




Si en algo destacaba García Lorca era en la maestría con que era capaz de elaborar los símbolos que usaba tanto en sus poemas como en sus obras teatrales. A continuación explicamos algunos de los más utilizados:
La luna es el más complejo de estos símbolos ya que encierra diversos significados muchas veces contrapuestos entre ellos. La vida y la muerte son expresados con este símbolo por Lorca al igual que la fertilidad y la esterilidad, lo que no deja de ser una clara referencia en ambas antítesis al ciclo vital. Otros autores apuntan que la Luna es para Federico García Lorca símbolo de belleza y de perfección.
Los metales son otro de los símbolos que abundan entre las múltiples páginas del autor granadino y cuando aparecen son sinónimo de mal presagio ya que suelen ser parte de armas blancas que causan o desencadenan la muerte de algunos de los personajes. La muerte, al igual que en la luna o en los metales puede aparecer en el agua, siempre que ésta esté estancada. Si fluye libre es símbolo de sexo y pasiónamorosa.
Finalmente el caballo, representa la virilidad masculina, aunque hay quien ve también en él un mensajero de la muerte. Sea como sea la identificación con la pasión de un hombre parece mucho más clara que la del enviado de la parca.

Vila-Matas presenta en París su última novela





Presentación de la traducción del libro Air de Dylan, de Enrique Vila-Matas. Con la participación del autor Enrique Vila-Matas, del traductor del libro, André Gabastou, la artista, Dominique González-Foerster y el periodista Baptiste Liger.
Titulado en homenaje al Air de Paris de Marcel Duchamp, Air de Dylan es la historia de Vilnius Lacastre. «Al igual que Dylan mi padre fue un raro», dice Vilnius, más conocido como el pequeño Dylan, mezcla del cantautor americano y Rimbaud, convencido de que el fantasma de Lancastre, su difunto progenitor, le está traspasando sus recuerdos y clama venganza. Mientras el joven Vilnius se dedica a completar su Archivo General del Fracaso, busca a alguien que reconstruya las memorias de su padre y funda la infraleve y muy ligera sociedad Aire de Dylan, cuyos miembros intentarán desenmascarar a los asesinos de Lancastre en el transcurso de una representación teatral.
La nueva novela de Enrique Vila-Matas es un homenaje al mundo del teatro y una divertida e implacable crítica del postmodernismo, contada a través de la relación de un padre y un hijo que personalizan el duro contraste entre la cultura del esfuerzo y el creativo arte de encogerse de hombros y no hacer nada, como Oblomov, el personaje «radicalmente gandul» de la literatura rusa.

Ficha técnica

Título: Air de Dylan
Autor/a/es/as: Enrique Vila-Matas
Editorial: Christian Bourgeois
Título original: Aire de Dylan
Editorial de la obra original: Seix Barral
Traductor/a: André Gabastou

domingo, 9 de septiembre de 2012

Senescente




Que empieza a envejecer.

Nuestro adjetivo del día proviene del latín senescens, -entis, "anciano", y se utiliza para describir a aquel o aquello que comienza a envejecer...

...Y es que, nos guste o no, las huellas del tiempo son inevitables: arrugas, cabellos grises, rigidez de las articulaciones y progresiva pérdida de memoria son algunas de las mellas y de las marcas que dejará en nosotros el paso de los años en nuestro viaje senescente... ;-)

Encontramos un trío de interesantes y bellas citas, a propósito de nuestra temática del día:

*Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) Profesor de física y científico alemán:
"Nada nos hace envejecer con más rapidez que el pensar incesantemente en que nos hacemos viejos"

*Charles Augustin Sainte-Beuve (1804-1869) Escritor y crítico literario francés:
"Envejecer es todavía el único medio que se ha encontrado para vivir mucho tiempo"

*Ingmar Bergman (1918-2007) Cineasta sueco:
"Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena"

A modo de ejemplo de uso, os dejamos, por último, con un fragmento de la traducción de la obra El universo de Einstein, del escritor japonés Michio Kaku:

...Demasiado a menudo se le ha retratado como el último dinosaurio de la física clásica, el rebelde senescente convertido en voz reaccionaria. El verdadero objetivo de Einstein era exponer que la teoría cuántica era incompleta y utilizar la teoría unificada de campos para completarla...

Sergio Altesor




BIOGRAFÍA
Sergio Altesor nació en Montevideo, Uruguay, en 1951. Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes (Uruguay). Durante la dictadura militar fue represaliado y estuvo preso, por lo que tuvo que exiliarse en Suecia, donde estudió en el University College of Arts, Crafts and Design (Konstfackskolan) de Estocolmo, en el Instituto de Lenguas Románicas de la Universidad de Estocolmo. Trabajó más de diez años como artista plástico durante los cuales realizó múltiples exposiciones individuales y colectivas antes de dedicarse de lleno a la escritura. Fue docente de dibujo experimental y grabado en Konstskolan (Estocolmo), de talleres de redacción en el Departamento de Comunicación de la Universidad ORT-Uruguay, asesor del Departamento de Artes Plásticas de la Dirección de Cultura (Ministerio de Educación y Cultura, Uruguay) y editor de cultura del semanario Manos. Volvió a Uruguay en 1996, donde recibió el Premio Literario Municipal de la Intendencia Municipal de Montevideo en 1997. Residió posteriormente en Malmö y actualmente está radicado en Estocolmo, aunque pasa largas temporadas en Uruguay. Escribe en El País Cultural desde 1996 y en el semanario Brecha desde 1986. Desde 1998 dirige talleres de periodismo cultural.

BIBLIOGRAFÍA
Poesía:
Trenes en la noche, poemas y xilografías, Editorial Nordan, Estocomo, 1982.
Archipiélago, Editorial Siesta, Estocolmo, 1984.
Diario de los últimos días del archipiélago, Vintén Editor, Montevideo, 1995.
Serpiente, poesía, Intendencia Municipal de Montevideo y Vintén Editor, Montevideo, 1999.
17 poemas de Diario de los últimos días del archipiélago, poesía, edición del autor, Malmö, 2002.
Telegrambyrå (en lengua sueca: "Agencia de telegramas"), poesía, POESIA con C, Malmö, 2008.

Novela:
Río testigo, Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 1973.
Río Escondido, novela, Premio Posdata 2000, Editorial Fin de Siglo, Montevideo, 2000.


Antologías:
Fueradefronteras, Editorial Nordan, Estocolmo, 1984.
Las voces distantes, Monte Sexto, Montevideo, 1985.
Contra el silencio, poesía uruguaya 1973-1988,Tae, Montevideo, 1989.
8 antologías personales, Vintén Editor, Montevideo, 1992.
Malmöboken (en lengua sueca: "El libro de Malmö"),cuentos, ABF-Malmö, Malmö, 2006.


PREMIOS
Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Cultura del Uruguay
Premio Literario Municipal de la Intendencia Municipal de Montevideo (1997)


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Company: el español tiene más palabras para designar el mal que el bien


En la conferencia inaugural del V Coloquio de Historia del Español, celebrado en el Uruguay, la española Concepción Company Company, lingüista e investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México, disertó sobre «Léxico y cultura: dos caras de una misma moneda en la diacronía del español». 

Company compartió una investigación en la que está trabajando actualmente, cuyo punto de partida es la interesantísima constatación de que el idioma español cuenta con muchas más palabras para referirse a los aspectos negativos de la vida que para referirse a los positivos. 

Raíces latinas 

En español hay cuatro raíces para expresar contenidos del polo positivo; éstas son «bien-» («bienaventurado»), «ben-» («benevolencia», «beneficio», «benévolo»), «bon-» («bonanza», «bondad») y «buen-» («bueno»), derivadas del latín «bene» («bien») y «bonus» («bueno»). Para el polo negativo hay solamente una, «mal», del latín «male» («mal») y «malus» («malo»). Esto hace aún más significativo que la proliferación léxica en el polo negativo sea tanto mayor. De hecho, en la 22a edición del Diccionario de la Real Academia Española las palabras con estas raíces positivas son 29%, mientras que la raíz negativa genera 71%. En el Diccionario de Autoridades, del siglo XVIII, el léxico positivo ocupaba 60%, y el negativo, 40% Además del aspecto cuantitativo, la relación entre el polo positivo y el polo negativo es asimétrica en otro punto. El léxico negativo (palabras con la raíz «mal-» o que son consideradas negativas en términos generales) posee mayor capacidad de recrearse y de crear metáforas para el polo positivo; así, «morirse de la risa», «está de puta madre», «me gusta horrores». El polo positivo, por el contrario, carece, en principio, de esta capacidad. Ahora bien, en latín no existe polarización: el léxico positivo y el léxico negativo están relativamente equilibrados. La pregunta, entonces, es «¿por dónde entró el mal?». ¿Patrón español o patrón romance? 

Intentando dilucidar si la polarización hacia los aspectos negativos es exclusiva del español o es un fenómeno que afecta a todas las lenguas romances, Company hizo un relevamiento del léxico positivo y del léxico negativo en español, catalán, portugués, italiano y francés. El léxico positivo en español es 29%, y el negativo, 71%; en catalán, 38% y 62%, respectivamente; en portugués, 38% y 62%; en italiano, 37% y 63%; y en francés, 43% y 57%. De este relevamiento se desprende que, efectivamente, hay mayor negatividad en las lenguas romances que la que había en latín, considerando la falta de polarización latina en este aspecto, ya referida. 

Ahora bien, respecto del latín, el léxico negativo aumentó más en español que en las otras lenguas romances: el incremento de la negatividad en la lengua de Cervantes es de 20%, mientras que en italiano es de 12%; en catalán y portugués, de 11%; y en francés, de apenas 8%. ¿Y por qué? Company sostiene que la causa de este fenómeno no está en la lengua sino en el mundo, y plantea tres hipótesis, aunque aún no ha arribado a ninguna respuesta definitiva. 

La primera de las hipótesis atañe a las expectativas sociales. A grandes rasgos, podemos decir que se espera que las cosas salgan bien y que las personas actúen correctamente. La no confirmación de esas expectativas es marcada y se busca un código para referirla. De este modo, el patrón de mayor lexicalización negativa se debería a la codificación de contraexpectativas sociales. 

Otra posibilidad planteada por la investigadora tiene que ver con la naturaleza de los seres humanos: las personas hablamos más de lo malo que de lo bueno, por lo que se necesitan mas palabras para nombrar lo negativo. La tercera hipótesis es presentada de manera más cautelosa por Company, dado que requiere de mayor investigación. En esta, la explicación estaría relacionada con que la cultura católica es bastante flexible con la transgresión social, lo que permite que surjan fenomenos negativos que es necesario nombrar. El mundo de la transgresión está vedado, por ejemplo, en la cultura protestante ortodoxa, afirma Company. 

Lenguas indoeuropeas se extendieron con la agricultura



Juan Ignacio Pérez Iglesias 

Dos hipótesis compiten para ubicar el origen de las lenguas indoeuropeas. La clásica es la que sitúa dicho origen en las estepas pónticas, -al norte del Mar Negro, la cordillera del Caucaso y el Mar Caspio-, hace unos 6.000 años. La alternativa propone que surgieron hace entre 8.000 y 9.500 años en Anatolia, y que se extendieron a partir de ese momento por Europa y hacia la India, siguiendo la expansión agrícola del Neolítico. 

La hipótesis del origen estepario atribuye la expansión hacia Europa y el Oriente Próximo a pueblos de pastores seminómadas que han sido agrupados bajo la denominación de “kurganes”. Esa hipótesis se ha basado en estudios de “paleontología lingüística”, reconstruyendo términos de la “protolengua” ancestral y haciendo así inferencias acerca de la cultura y el ambiente de los hablantes. También se han basado en la existencia de supuestos préstamos tempranos entre las familias de lenguas indoeuropeas y las de lenguas urálicas del norte de Eurasia. Por su parte, las estimaciones de la edad de la familia indoeuropea basadas en modelos de evolución de vocabulario apoyan la hipótesis de su origen anatolio. 

Esas dos hipótesis han sido sometidas a contraste recientemente mediante un método (bayesiano) desarrollado originariamente para estudiar el origen de epidemias de virus a partir de secuencias moleculares. En vez de secuencias moleculares, el estudio de las lenguas se ha basado en el vocabulario y rangos geográficos de 103 lenguas indoeuropeas, incluyendo tanto las existentes en la actualidad como lenguas ya desaparecidas. 

Los resultados del estudio apoyan con claridad la hipótesis del origen anatolio y son consistentes con un inicio de la expansión de esas lenguas desde Anatolia hace entre 8.000 y 9.500 años, a la vez que se difundió la agricultura. Se trata, al parecer, de un escenario similar al propuesto para otras expansiones lingüísticas en el Pacífico, Sudeste asiático y África subsahariana, lo que pondría de relieve la gran importancia de la agricultura en la conformación de la diversidad lingüística en el mundo. 

Los autores del trabajo indican, no obstante, que no debe considerarse la expansión de la agricultura como el único factor impulsor de la extensión y la diversificación lingüística. Las cinco subfamilias lingüísticas principales, -célticas, germánicas, itálicas, báltico-eslavas e indoiranias- , habrían aparecido como líneas diferenciadas hace entre 4.000 y 6.000 años, de manera simultánea a ciertas expansiones culturales (documentadas en el registro arqueológico), entre las que se encontraba la expansión kurgana. Y dentro de cada subfamilia, las lenguas se habrían empezado a diversificar hace entre 4.500 y 2.000 años, mucho después de que la agricultura se hubiese expandido totalmente. Esta investigación pone de relieve que las “filogenias” de las lenguas pueden proporcionar información muy valiosa sobre la historia cultural de sus hablantes, y pueden permitir localizar las historias culturales en el tiempo y en el espacio con relativa precisión. En la medida en que esas reconstrucciones sean, además, consistentes con los datos de genética de poblaciones humanas, así como con la evidencia arqueológica y cultural, sus conclusiones serán mucho más sólidas y, por lo tanto, verosímiles. 

Hace cerca de un cuarto de siglo leí por casualidad un artículo de Colin Renfrew en Scientific American en el que explicaba su hipótesis acerca de la expansión simultánea de las lenguas indoeuropeas y de la agricultura. Recuerdo con claridad la idea de que los hablantes de esas lenguas fueron los que llevaron la agricultura hasta los lugares más recónditos de Europa. Aquella idea me cautivó. Me sigue cautivando todavía. 

El primer cómic español nació en Cuba




"Historia de las desgracias de un hombre afortunado", tira publicada en la revista "La Charanga" en la Cuba española de 1857, es el primer rastro de nuestro cómic, una "joya" conservada en la Biblioteca Nacional de España junto a 9.600 títulos de un género creador de iconos populares como "Mortadelo y Filemón".
Con motivo de su trigésimo centenario, la Biblioteca Nacional de España (BNE) ha abierto sus archivos en la sede de Alcalá de Henares para seguir con Efe las pistas del cómic, que está impregnado en el ADN de muchas generaciones, a pesar de haber sido considerado un género menor para público infantil hasta finales del siglo XX.
"¡Ostras Pedrín!", por ejemplo, es una expresión coloquial surgida del archifamoso "Roberto Alcálzar y Pedrín", una longeva publicación que nació en 1940. De la misma forma, "tebeo", una denominación genérica del cómic en español, viene de la mítica revista "TBO", que nació en 1917, explica Carlos Díaz Maroto, trabajador de la BNE y especialista en cómic y cine.

Publicación pionera

"La Charanga", pionera en la publicación semanal de historietas y precursora del lenguaje actual del género, va a ser restaurada y microfilmada, con todos los cuidados que precisan estos documentos por la fragilidad del papel en el que se imprimían.
"Los cómics o tebeos están hechos con papel de pasta de madera, que surgió a finales del siglo XVIII por la necesidad de más materia prima. Por su estructura química, es bastante efímero", explica Elena Mínguez, jefa de Organización de Depósitos de la BNE.
"Además, influye el encolado y el uso de sustancias blanqueantes. Todo esto incrementa su acidez, que amarillea el papel y hace que se rompa con facilidad. También hay otros factores, como los agentes contaminantes", prosigue Mínguez, que precisa que, inicialmente, en la BNE los cómics se registraban como publicaciones seriadas (revistas).
Pero en la década de los noventa, y en consonancia con el interés social por el género y la relevancia cada vez mayor de los artistas involucrados, la tricentenaria institución cultural comenzó a tratarlos individualmente, organizando incluso varias exposiciones.

9.600 títulos

"En la actualidad, mantenemos 9.600 títulos, catalogados conservados", puntualiza Mínguez. Con algunos de estos títulos reconstruimos los recuerdos de generaciones, como es el caso de "Pulgarcito", revista semanal cuyo primer lanzamiento se prolongó con gran éxito entre 1921 y 1936, y que fue capaz de resurgir tras la Guerra Civil en varias etapas, hasta 1981.
Mientras en Estados Unidos reinaban "El Príncipe Valiente", "Tarzán" o "Flash Gordon", en España, nacía "El guerrero del antifaz" (1944-1966), cómic ambientado en la Reconquista y con un lenguaje "mayestático".
"El Coyote" (1947), a partir de una creación literaria de José Mallorquí "no suficientemente valorado", y "El Capitán Trueno" (que aparece en 1956) son otros de los títulos de una época en la que estas publicaciones también estuvieron condicionadas por la censura, que retocaba hasta "puñales y flechas", comenta Díaz Maroto.
A partir de los sesenta y setenta, algo se mueve y aparece la revista "Trinca" (1970-1973), pionera en "tomarse en serio" este género; "Víbora" (1972-2005), con un tono provocativo, y "El Jueves" (1977), que tras varios secuestros sigue viva todavía (¿quién no recuerda "Maquinavaja"?).
De esa época también es "Paracuellos", una obra autobiográfica del magnífico Carlos Giménez, que retrata la vida de los niños de la posguerra en los hogares de Auxilio Social.
De "Superlópez" a "Mortadelo y Filemón" o "Zipi y Zape".... "estos tebeos llevaron a los niños a la lectura" y a los quioscos, donde compraban sus tebeos por algunas pesetas, y cuya influencia gráfica se reconoce en el lenguaje de nuestros cineastas, opina Díaz Maroto, autor de libros y de dos blogs (pasadizo.wordpress.com/ y belakarloff221b.wordpress.com/).
Aunque los datos de entrada de documentos en la BNE revelan que el género aguanta el envite de la crisis económica, persiste el éxodo de autores y la debilidad en una industria que vio como en 2007 se creaba el Premio Nacional de Cómic, de carácter anual y con igual dotación que otras disciplinas artísticas, como el cine o la música. ¿Es ya el octavo arte?