jueves, 25 de octubre de 2012

Adarme.




1. Peso que tiene 3 tomines y equivale a 179 cg aproximadamente. 
2. Cantidad o porción mínima de algo. 

Adarme es un término que proviene del árabe hispánico addárham, este del árabe clásico dirham, y este del griego δραχμή 'dracma' (antigua moneda griega de plata). Se trata de una palabra usada para denominar una unidad de peso que tiene tres tomines y equivale a 179 cg (poco menos de 2 gramos). 

Por extensión semántica adarme es también una pizca, un pellizco, una migaja, una gotita, un tris, un pichintún... es decir, una cantidad mínima de algo...

Curiosamente, la locución adverbial “por adarmes se emplea para referirse a algo que se reparte o se quita en cortas porciones o cantidades, con mezquindad... De hecho, hay un dicho popular que dice: “Los males entran por arrobas y salen por adarmes (las cosas malas vienen de golpe en grandes cantidades y por el contrario se van muy poco a poco -cuesta mucho recuperarse-) . 

Terminamos con un filósofo, lexicógrafo y político español Roque Barcia Martí (1821-1885) y su obra Sinónimos castellanos,  de la cual os mostramos unos párrafos alusivos:

“…Nuestra madre nos deja un pedazo de oro, del peso de un adarme, con la condición de que lo hayamos de conservar siempre en nuestro poder.
Si aquel oro no nos proporciona ningún goce; si no satisface necesidad alguna, si no se presta a ningún uso; si para nada sirve, si para nada vale, será un objeto sin valor..."

Calambur.


El calambur es un juego de palabras que, basándose en la homonimia, en la paronimia o en la polisemia, consiste en modificar el significado de una palabra o frase agrupando de distinta forma sus sílabas. Por ejemplo: plátano es/plata no es.

[editar]Origen

El padre de este artificio lingüístico, según la mayoría de los autores, es Georges de Bièvre, quien al parecer comenzó a explotar la hilaridad que en la corte de Luis XVI provocaban los continuos equívocos protagonizados por el conde de Kalemburg, embajador de Westfalia, debido a su escaso dominio de la lengua francesa.
No obstante, hay quienes postulan que el término calambur proviene del árabe kalembusu (palabra equívoca), o del italiano calamo burlare (bromear con la pluma). Otros estudios lo hacen proceder del francés calembour, (de calembourg) y este, de Kahlenberg, pueblo cuyo párroco, hacia 1300, fue célebre por el empleo de este juego de palabras.

[editar]Ejemplos

El calambur más famoso de la historia de la lengua española se atribuye a Francisco de Quevedo quien llamó "coja" a la reina doña Isabel de Borbón (coja realmente y a la que le enojaba mucho toda mofa hacia su discapacidad), primera esposa de Felipe IV de España, tras apostar el pago de una cena con sus colegas a que el propio Quevedo tenía el valor de decirle dicho insulto a la cara.
Compró Quevedo dos ramos de flores: uno de claveles blancos y otro de rosas rojas, y se presentó ante la reina en la plaza pública en la que ésta se encontraba. Con una cortés reverencia, Quevedo extendió los brazos ofreciéndole a Mariana de Austria los dos ramos de flores, uno sujeto en cada mano. A continuación Quevedo recitó a la reina los dos versos que harían que sus amigos le pagasen la cena de la apuesta. Y dijo así:
Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad escoja. / Entre el clavel blanco y la rosa roja, su majestad es coja.
Otro calambur de Quevedo se encuentra en un poema suyo, narrando la boda de unos esclavos:
Ella esclava y él esclavo que quiere hincársele en medio. / Ella esclava y él es clavo que quiere hincársele en medio.
Un famoso ejemplo, éste más moderno, es el de una campaña publicitaria (que salió en abril de 2007) de Telemadrid, cadena televisiva pública de la Comunidad de Madrid. El lema fue ideado por la agenciaPublicis, concretamente por la publicista Blanca Gomará. Oficialmente el calambur no se hizo con tendenciosidad, sino que fue fruto de una coincidencia; sin embargo, muchos aseguran que realmente el lema tuvo el fin de transmitir un mensaje oculto que expresara una queja a Esperanza Aguirre (presidenta de la Comunidad de Madrid) por unas supuestas intervenciones partidistas en Telemadrid. Dicho lema era repetido por varios periodistas de la cadena mientras sujetaban un espejo, en la publicidad de dicha cadena y también en la vía y el transporte público. Tras percatarse del mensaje oculto en el lema, la campaña fue inmediatamente retirada. El lema era el siguiente:
Telemadrid, espejo de lo que somos. / Telemadrid, "Espe" jode lo que somos.
También encontramos una instrumentalización de calambur en el uso que de éste hacian Juan Luis Cano y Guillermo Fesser, componentes del dúo Gomaespuma. En los numerosos sketches radiofónicos que improvisaban en las diferentes etapas del programa que recibía el mismo nombre, bautizaban a sus personajes con combinaciones de nombres y apellidos que resultaban como mínimo simpáticos en su significado alternativo.
Algunos de estos personajes eran: Felipe Lotas, Chema Pamundi, Luis Ricardo Borriquero, Felipe Luquín, Francisco Rupto, Josechu Letón, Aitor Tilla, Diego Norrea o Carmelo Cotón.

Más ejemplos:
  • Si yo lo quito, ella lo caza. / Si yo loquito, ella locaza.
  • Yo loco, loco, y ella loquita. / Yo lo coloco y ella lo quita.
  • ¡Ave!, César de Roma. / A veces arde Roma.
  • Mi madre estaba riendo. / Mi madre está barriendo.
  • El Conde Escoto, ni es Conde, ni Escoto. / El Conde Escoto ni esconde, ni es coto.
  • Alberto Carlos Bustos. / Al ver tocar los bustos.
  • Armando Esteban Quito. / Armando este banquito.
  • Serapio Joso. / Será piojoso.
  • El Comandante. / El coma andante.
  • Mi Comandante. / Mico mandante.
  • ¿Por qué lavo la rueda? / ¿Por qué la bola rueda?
  • El militante del IRA. / El militante delira.
  • Damesiano Regalado. / Dame ese ano, regalado. (al decirlo suenan idénticos, pese al cambio de la "i" por la "e")
El calambur es utilizado para la construcción de acertijos como los siguientes:
  • Fui al centro y vi unos zapatos y los compré ¿Qué compré? (los hilos)
  • Blanca por dentro, verde por fuera, si quieres que te lo diga, espera (La pera)
  • Oro parece, plata no es. ¿Qué es? (El plátano)
  • Este banco está ocupado por un padre y por un hijo. El padre se llama Juan, el hijo ya te lo he dicho (Esteban)
  • Dicen que son de dos, pero sólo son de una (Los dedos)
  • No pienses en otras cosas, que las tienes en el mar, o las ves llegar furiosas, o las ves mansas llegar (Las olas)
  • ¿Os lo creeréis si os lo digo que ésta es su capital? Pero no es ésta, os lo digo, si no, ruega y lo sabrás (Oslo y Noruega)
  • Y lo es, y lo es y no me lo adivinas en un mes (El hilo)
  • Te la digo, te la digo, te la vuelvo a repetir; te la digo veinte veces y no la sabes decir (La tela)
  • Ya vesya ves, tan claro que es. No me la adivines de aquí a un mes (Las llaves)
  • Escriba, escriba y comprobará que mi nombre se lo he dicho ya (La criba)
  • Redondo, redondo, fila por fila; quien sepa leer, mi nombre escriba (La criba)
  • Yo, yo me subo, yo, yo me bajo; si lo adivinas eres muy majo (El yoyó)
  • Vivo en el mar sin ser pez y soy siempre juguetón; nunca me baño en el Rin, pues soy el mismo del fin (El delfín)
  • En un puerto hay tres barcos, uno es un crucero, otro un trasatlántico y el otro ya te lo he dicho (El yate)
  • "Sí mona, así te quiero", un galán aseguraba y a su dama así le daba, astuto, su nombre entero (Simona)
  • ¡Escapa, escapa!, que esto que te digo, aunque no te obligo, te abriga y te tapa (La capa)
  • Míralo del derecho y del revés, viene y va; va y viene. Si taba no es. ¿Qué será? (El tábano)
  • Yo tengo un ángulo recto y tres lados que me abarcan. Aunque no quieras creerlo, mi nombre completo es cuadra (La escuadra)
  • Es puma, no es animal; flota y vuela... ¿qué será? (La espuma)
  • Esto que estoy diciendo, es lo que yo te pregunto y serás un gran borrico si no lo dices al punto (El estoque)
  • Lana sube, lana baja, los ladrones la trabajan (La navaja)
  • ¿Qué será? ¿qué será? que en la mesa siempre está (La quesera)
  • Si el ena-morado es discreto y entendido / ahí va el nombre de la dama / y el color de su vestido (Elena, morado)
  • De mi arte a tu arte, prefiero mi arte (miarte)
  • Hola, me llamo Enrique Cimiento (enriquecimiento)
  • Una tienda de pan es una panadería. Una tienda de zapatos es una zapatería. Una tienda de quesos, ¿Qué sería? (quesería)
  • Un chico y una chica van a casa, dos son sus hijos.¿Cómo están ese chico y chica? (Casados)

El lenguaje está grabado genéticamente en el cerebro.

Francisco Mora, Catedrático de Fisiología Humana de la Universidad Complutense de Madrid y catedrático adscrito de Fisiología Molecular y Biofísica de la Universidad de Iowa.
El Huffington Post
El lenguaje se encuentra en la raíz más profunda de la naturaleza humana, no en vano son códigos que se han venido construyendo en el cerebro a lo largo de los 2 últimos millones de años de proceso evolutivo. El cerebro tiene, al nacimiento, los circuitos duros», genéticamente programados, capaces de grabar en ellos cualquier idioma. Y es la lengua de los padres la que reconstruye, transforma y modela esos circuitos en un proceso lento a través de la física y la química, la anatomía y la fisiología. Tan lento es que la primera palabra no aparece antes del año y medio y con un año más aparecen ya palabras sueltas y solo después, hacia los tres años, aparecen las frases. Todo esto lo sabe casi todo el mundo. Pero lo que no sabe todo el mundo es que no es lo mismo grabar en esos años tempranos un idioma que otro. En esos años tempranos se captan y aprenden matices sensoriales y emocionales que son transferidos con las palabras de un determinado idioma como no lo serán nunca por ningún otro que se aprenda después. Y es este idioma temprano el que queda mas profundamente anclado en el cerebro y con el que el niño definitivamente, dibujara el mundo y sus gentes. Ningún otro idioma será plenamente equivalente. Y es con ese instrumento que el niño nombra sin esfuerzo el mundo y «lo diferencia» de otros mundos, lo que incluye «matices» de las cosas, sucesos y personas. Con el idioma más genuino, aquel que se escucha tras el nacimiento, se expresa la intimidad de una manera diferenciada y única. Por eso un idioma «unifica» emocionalmente a las gentes pero también y al tiempo las desune, las separa. Es un bisturí, un cuchillo, que corta emocionalmente y aun cognitivamente lo que es «ajeno y diferente».

La sintonía emocional sutil que proporcionan las palabras de un determinado idioma jamás puede ser traducida fidedignamente a otro. Que se lo digan a los poetas y escritores. Y ni aun siendo auténticamente bilingüe, en donde desde el nacimiento se haya oído hablar en el seno familiar dos lenguas distintas, sigue existiendo una con un color emocional más profundo y sutil, quizá el idioma de la madre. Idioma este último que viene reforzado por el entorno familiar, el de la calle y el de todos los días. Color emocional posiblemente no detectable ni por el individuo, ni por tests psicológicos sofisticados, ni tan siquiera tal vez por las técnicas de imagen cerebral hoy disponibles, pero existir, existe. Hoy, con la neurolingüística, comenzamos a conocer las profundidades abisales en las que el lenguaje está anclado en el cerebro y su tremendo significado no solo para la solidaridad y la agresión entre los seres humanos sino para lo que resulta todavía más sorprendente, para la propia concepción del mundo y con ello compartirlo plenamente.

El final de estas reflexiones es que empezamos a darnos cuenta que las lenguas pueden ser instrumentos de «identidad» separadora, que lo son, de unos grupos frente a otros. Y que de hecho se utilizan como arma de agresión «diferenciadora». Solo hay que mirar los telediarios un poco todos los días para ser consciente de cuanto acabo de decir. Esto antaño tenía un valor de supervivencia enorme al crear una fuerza de grupo pequeña y cohesionada frente a «los otros grupos lejanos». Hoy, por el contrario, ese mismo proceso, si ejecutado dentro de un grupo grande y centenariamente cohesionado y de lengua común y también centenaria se convierte en un instrumento que debilita y desintegra. La «inmersión absoluta» de los niños recién nacidos en un idioma minoritario en el seno de un sociedad más grande que ya habla otro idioma más universal y diferente tiene claramente un propósito diferenciador. Supuestamente esa diferencia persigue una mayor supervivencia del grupo a través de ventajas como vivir mejor y más seguro que los demás, lo que termina creando un sentimiento de «ser mejor» que los demás porque es claro que nadie marca diferencias para mostrar que es peor, más humilde y por tanto más necesitado.

Ante todo esto se me ocurre que debiera haber más voces levantadas entre lingüistas, pensadores, escritores, poetas y científicos que expliquen a esos políticos, muchos solo obedeciendo a una emoción hoy casi vacía, que están enarbolando una bandera errónea, aquella de la «inmersión completa» en una lengua minoritaria, sin conocer qué consecuencias reales tiene para la gente. Quizá piensen que ello es un «bien» para su comunidad frente a la de los demás. O quizá piensen que esa «emoción profunda» de tanto calado personal, casi religioso, de la lengua diferenciadora, representa hoy una ventaja frente a un mundo hostil. Y no es así. Y todo esto que señalo no va a favor de que se deje morir ninguna lengua en el mundo puesto que al final las lenguas, todas, tienen su hermosura y todas, siempre, son una fuente creadora y de riqueza humana. A muchas gentes les parecerán estas reflexiones de gabinete intelectual. Les puedo asegurar que no lo son.

Vila-Matas charla en Nueva York con su personaje... Paul Auster.




En una escena propia de los irónicos juegos literarios entre realidad y ficción que caracterizan su obra, Enrique Vila-Matas entabló el martes una conversación, moderada por su traductora al inglés Anne Mclean, con uno de los personajes que asoman por las páginas de su libro: el también escritor Paul Auster. La charla, celebrada en el abarrotado auditorio del Instituto Cervantes de Nueva York, se enmarca dentro de una serie de lecturas y visitas a universidades con motivo de la presentación deDublinesca, la cuarta novela que el histórico sello independiente New Directions publica del novelista barcelonés en EE UU, y que ha tenido una excelente acogida crítica en las paginas de The New York Times y la revista The New Yorker.
Ni Vila-Matas habla inglés, ni Auster español algo que no ha sido impedimento para que sientan una cercanía y afecto especial. Quizá incluso ha jugado a su favor, bromeó Auster. Vila–Matas, por su parte, ratificó su recién descubierto dote para entender el sentido de conversaciones que se desarrollan en otras lenguas, algo que aseguró haber confirmado tras su paso por Dokumenta en Kassel este verano, donde le invitaron a escribir desde la mesa de un restaurante chino y sintió que era capaz de entender todo lo que ocurría a su alrededor. En una de los últimas citas en Barcelona la conexión fue tan fuerte que ambos pensaron que él otro estaba hablando en su idioma.
Se conocieron en una cena en la casa de Brooklyn del neoyorquino. Aquel primer encuentro recogido en la nueva novela, supuso tanto para el viejo editor Riba, protagonista de Dublinesca, como para el escritor que recreó la escena, un momento de suma felicidad sólo matizado por los irrefrenables bostezos que el jet lag provocó. Auster leyó en el Cervantes ese extracto de la novela que concluye cuando Riba cree entender que el estadounidense le pide un depósito, algo que no logra olvidar y que le hace pensar si es que el anfitrión ha captado su deseo de apropiarse de su casa y le está pidiendo un adelanto de la venta. “Es cierto que esa noche enviaba todo, sanamente pero todo”, recordó Vila-Matas. “Cuando estaba escribiendo no sabía cómo cerrar la escena y saqué un libro al azar donde encontré la pregunta, naturalmente, todo cobró sentido”.
Se conocieron en una cena en la casa de Brooklyn del neoyorquino
Auster reconoció que aunque no es esta la primera vez que aparece como un personaje de ficción en una novela, su cameo en Dublinesca es distinto. “Normalmente cuando aparezco en una novela, se trata de gente que no conozco, es sólo mi nombre en una página. Con Enrique nos conocemos y admiro su trabajo. En la novela hay otro momento en que en una conversación alguien se pregunta si Auster tendrá muchos lectores en Ghana”, dijo entre risas. El autor de Trilogía de Nueva York también habló de extraños episodios asociados a la profesión de escritor, como aquella vez que en un aeropuerto de Portugal el policía del control de pasaportes le dijo que había perdido 30.000 euros por su culpa al no poder contestar una pregunta en un concurso de televisión sobre el nombre del perro que parece en su novela Tombuctú. “Puede ser que las novelas al fin tengan alguna utilidad”, reflexionó.
Aunque París, ciudad en la que tanto Vila-Matas como Auster vivieron cuando aún soñaban con ser escritores, parece un nexo evidente entre ellos, Dublín y sus admiración por James Joyce y Beckett, también les acerca. Vila-Matas habló de Dublinesca como del recorrido que une a estos dos padres de la literatura moderna: “de la riqueza de uno a la penuria deliberada del otro, de lo epifánico, a la afonía”. Auster recordó cómo en París conoció a Beckett en un café de Montparnasse. “Me contó que acababa de traducir al inglés una de sus novelas y me dijo que había quitado un 25%. Yo le pregunté por qué, a mí me había encantado. Cuando después de un rato me preguntó si de verdad me había gustado comprendí que Beckett odiaba su trabajo, no era capaz de juzgarlo”, explicó.
¿Servirá ese auditorio del Cervantes a Vila-Matas como material de ficción para un próximo libro?, preguntaron desde el público. Haciendo gala de lo que en la revista The New Yorker Joanna Kavenna, definió como una especial capacidad para esconderse a plena luz en sus mitos y pseudo biografías, e hilar el tapiz de una trama con una mano experta y deshilarla con igual pericia con la otra mano, Vila-Matas no lo descartó de plano, y aseguró que en caso de que así fuera, sería ese hombre el que más posibilidades tenía de aparecer en la página aún no escrita.

Marías dice “no quiero” a Cultura.




Lo había dicho y escrito en varias ocasiones: “No recibiré ningún premio institucional”. Solo le faltaba a Javier Marías cumplir con su palabra. Y ayer lo hizo. Al escritor y académico de la RAE, la noticia de que había ganado el Premio Nacional de Narrativa por su novela Los enamoramientos (Alfaguara) no le cayó demasiado bien. O le cayó a la perfección para eso, para cumplir con lo dicho y escrito. Consecuencia lógica de todo ello, rechazó educada pero tajantemente el galardón,concedido por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte y con una cuantía económica de 20.000 euros que, ahora, se quedarán en la necesitada hucha ministerial.
“Durante todo este tiempo he esquivado a las instituciones del Estado, independientemente de qué partido gobernara, y he rechazado toda remuneración que procediera del erario público”, afirmó el escritor y académico ante medio centenar de periodistas en el Círculo de Bellas Artes. Una decisión coherente con otras, porque este año el escritor ya rechazó uno que estaba dotado con 15.000 euros, aunque no reveló cuál. E hizo otra confesión: una vez pidió a sus colegas académicos de la RAE que barajaban su nombre como candidato al Premio Cervantes que no lo hicieran. Y cuando uno de los tomos de su trilogía Tu rostro mañana sonó para el Nacional de Narrativa le dijo a su editora que no lo recibiría.
El revuelo causado por la decisión de ayer en todos los medios de comunicación y en las redes sociales sorprendió a Marías (Madrid, 1951). El autor recalcó que agradecía al jurado la gentileza de otorgarle el premio y que no quería que su postura fuera tomada “como un feo o un agravio”.
“No quiero ser visto como un autor favorecido por este o aquel Gobierno”
Sin embargo, varios miembros del jurado se mostraron sorprendidos por la decisión. Marcos Giralt Torrente, ganador del premio el año pasado por su libro Tiempo de vida explicó a este diario: “Con esto Marías contribuye a devaluar uno de los pocos premios que, con equivocaciones o aciertos, no están vinculados a en España a intereses editoriales”.
El autor de Los enamoramientos explicó que, para él, aceptar un premio oficial sería “una sinvergonzonería, cuando he estado tantos años diciendo que no lo recibiría y que no quiero prestarme a estar involucrado en cualquier tipo de sospecha o de recibir favores”.
Preguntado sobre si había algún motivo político en su postura, Marías, quien en sus columnas se ha mostrado extremadamente crítico con la gestión económica, social y cultural del gobierno de Rajoy, dijo: “No exactamente. Mi postura viene de antiguo y no tiene que ver con quién gobierne. El Estado no tiene que darme nada por ejercer mi tarea de escritor que es algo que he elegido yo por propia iniciativa”. Apareció, entonces, otro motivo, seguro que más personal: su padre. El hecho de que el escritor y ensayista Julián Marías, que falleció a los 91 años, nunca recibió ningún premio. Marías hijo considera que no debe ni puede recibirlo él tampoco.
La posibilidad de que Javier Marías rechazara el Nacional de Narrativa ya había sobrevolado por la mañana la reunión de los 11 miembros del jurado. “Todo el mundo dio por supuesto que lo aceptaría, pero alguien preguntó qué pasaría si no era así”, señaló uno de los jueces del galardón. La respuesta llegó de parte de las dos representantes de Cultura (que cuenta con voz, pero sin voto): “Marías sólo rechaza los viajes subvencionados”. Se trataba de la presidenta del jurado —la directora general de Políticas e Industrias Culturales y del Libro, Teresa Lizaranzu—, y de la vicepresidenta —la subdirectora general de Promoción del Libro, la Lectura y las Letras Españolas, Mónica Fernández—. Poco antes del mediodía, la novela de Javier Marías ganaba por mayoría.
Los delegados del Ministerio pidieron no divulgar la noticia y esperar un par de horas, para dar tiempo a comunicar al ganador e informar al ministro José Ignacio Wert. Pero poco antes de la una de la tarde EL PAÍS dio la exclusiva en su edición digital. Luego, antes de la hora de la comida, una delegada del ministerio habló con Marías, quien le explicó los motivos por los cuáles declinaba el premio.
Hacia las cinco y media de la tarde, Javier Marías salió de su casa en el centro de Madrid y fue andando hasta el Círculo de Bellas Artes, donde contó la alegría y la pena por no aceptar el premio. Una hora después, la sala quedó vacía y ante la pregunta de este diario sobre si su decisión de ayer podía ser negativa para posibles nuevos premios internacionales, Marías insistió en que no porque su posición era solo sobre España. ¿Y el Nobel, donde su nombre suele aparecer en las quinielas y apuestas? “La Academia sueca, que yo sepa, no tiene ningún motivo para concederme el premio. Y no tengo que preocuparme por algo que no va a suceder”.

''El trabajo del artista es conseguir que el mundo se sonroje''.




    El reconocido escritor irlandés John Banville acaba de publicar Antigua luz, la historia de un actor de teatro que rememora el romance con la madre de su mejor amigo
MADRID, ESPAÑA (25/OCT/2012).- El irlandés John Banville es un eterno candidato al Nobel, aunque ya posee los galardones más importantes, pero sobre todo está considerado como uno de los mejores autores en lengua inglesa. Ahora publica Antigua luz, una novela sobre las trampas de la memoria, con la que quiere que “el mundo se sonroje”.

Y es que John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), que se convierte en Benjamin Black cuando escribe novela negra, otra de sus pasiones y de gran éxito, explicó ayer que el trabajo del artista consiste en “concentrarse mucho en el objeto con el que se trabaja, hasta que brille, tenga luz y haga, a quien lo aprecie, mucho más vulnerable y se sonroje”.

Eso es lo que le pasa precisamente al protagonista de Antigua luz, que publica en Español con Alfaguara, un actor de teatro retirado, que a raíz de un suceso, rememora el tórrido y sexual romance de verano que mantuvo con la madre de su mejor amigo.

Una novela sobre lo peligrosa y traicionera que resulta la memoria, escrita por este autor, literariamente bipolar, en una narración bellísima y muy erótica, hasta el punto que parece que el autor hace el amor con las palabras, por la intimidad que mantiene con ellas. “Crear ficción es en cierto modo erotismo”, dijo.

“Amo el lenguaje y trabajo frase a frase, cuidándolas hasta el extremo, el resto se cuida solo; quiero decir que los personajes, la trama, los diálogos van por su propia cuenta. Surgen solos”, argumentó el autor de El Mar, premios Booker e Irish Book Award.

Otro de los aspectos de su nueva novela se refiere a la importancia del mundo de los sueños. “Cuando era joven aclaró— creía que escribir era un proceso irracional que no podía controlar, pero a medida que voy creciendo, me doy cuenta de que escribir es como soñar. No sé qué es lo que estoy haciendo y digamos, que en ese sentido, es como soñar”.

Antigua Luz también discurre por una especie de vigilia o duermevela, una suerte de realidades, recuerdos y sueños, que se van entrecruzando por una narración en la que los hombres son más débiles y vulnerables que las mujeres.

“Los hombres tienen miedo a las mujeres porque ellas tienen el secreto de la reproducción. Las mujeres tienen poder sobre los hombres porque ellos necesitan la iluminación, el conocimiento, pero son criaturas torpes, que solo pueden pensar en el sexo”, subrayó el escritor.

John Banville estuvo en Madrid como tal, no como el pseudónimo de Benjamin Black, a quien el autor considera “un artesano, mientras que cuando firma con su propio nombre se siente “un artista”.

Autor de títulos de novela negra como El lémur o la trilogía protagonizada por Quirke, El secreto de Christine, El otro nombre de Laura y En busca de April, Banville consideró que a la gente le fascina la violencia, que es lo que ve en la pantalla todos los días, “aunque en realidad en la propia vida diaria de cada uno haya muy poca violencia”.

PALABRA DEL AUTOR
Sobre la novela negra


“La gente siente que le falta algo y por eso recurre a la violencia de la novela negra, hoy tan exageradamente violenta; pero a mi, no me gusta nada eso. A mi me gusta la novela negra a la antigua, libros realistas, y no crucigramas negros”, dijo John Banville, quien escribe novelas policiacas con el pseudónimo de Benjamin Black.

Subastan por Internet ''Yo no creo en Dios'', de Albert Einstein.



    El vendedor subastó la carta por más del doble de su precio original
CIUDAD DE MÉXICO (25/OCT/2012).- Una carta escrita en 1954 por el científico alemán Albert Einstein, en la que deja claro su escepticismo religioso, se vendió por más de tres millones de dólares en una subasta por Internet.

El texto titulado "Yo no creo en Dios", en el que el considerado "padre de la bomba atómica" aborda temas de religión, tribalismo y falta de fe en un Dios bíblico, fue adquirido por un compradoranónimo en el sitio virtual "eBay", el pasado 18 de octubre.

Luego de que Einstein señalara que "Dios no juega a los dados con el universo", algunas personasaseguraron que el físico declaraba con estas palabras cierta religiosidad, por lo que esta carta se convirtió en un documento histórico importante, ya que puntualiza su postura sobre el tema.

Ante su escepticismo sobre un Dios, los historiadores suponen que el término que utilizó Einstein en la polémica frase fue una especie de metáfora coloquial para fines meramente físico o, incluso, para reflejar la totalidad del propio cosmos.

De acuerdo con el portal de Internet "pijamasurf.com", la epístola que fue vendida en tres millones 100 dólares (cerca de 38 millones 810 mil pesos) se dirigió al filósofo judío Eric Gutkind, y en ella se puede leer "La palabra Dios no es para mí nada más que la expresión y producto de la debilidad humana, la Biblia una colección de honorables, pero aún así primitivas leyendas que sin embargo son bastante infantiles".

"Ninguna interpretación, no importa cuán sutil sea, puede (para mí) cambiar esto. Para mí la religión judía, como todas las otras religiones, es una encarnación de las supersticiones más infantiles".

El también vendedor anónimo adquirió la carta en el 2008, en la casa Bloomsbury en tan sólo 404 mil dólares (cinco millones 226 mil 507 pesos)  desde entonces la ha conservado en una cámara de temperatura controlada.

En esta última subasta se comenzó a partir de los 3 millones de dólares con la esperanza de venderla, por lo menos, al doble o triple de esa cantidad, sin embargo, después de sólo dos ofertas, la puja cerró por encima de lo estimulado.

Enrique Krauze recibe el Premio de Ensayo Caballero Bonald.




    Durante sus años como historiador y ensayista ha logrado crear obras que significan un arduo trabajo
CÁDIZ, ESPAÑA (25/OCT/2012).- El historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze recibe en Jerez de la Frontera (Cádiz, suroeste de España) el Premio Internacional de Ensayo de la Fundación Caballero Bonald, por su trabajo "Redentores: Ideas y poder en América Latina".

El galardón le fue concedido en septiembre, por una obra que, según el jurado, constituye un atrayente retablo que retrata algunas de las más relevantes figuras políticas e intelectuales de Latinoamérica y combina rigor, madurez y apasionamiento.

El jurado de este premio estuvo compuesto por Victoria Camps, José-Carlos Mainer, José Mª Pozuelo Yvancos, Fernando R. Lafuente, Santos Sanz Villanueva y Fernando Domínguez Bellido.

El Premio Internacional de Ensayo Caballero Bonald, con una dotación de 20.000 euros, es convocado anualmente por la Fundación Caballero Bonald, con la colaboración del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera y con el patrocinio de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y de Banco Santander.

Nacido en Ciudad de México en 1947, Enrique Krauze es, además de ingeniero industrial, ensayista y editor, director de la editorial Clío y de la revista cultural "Letras Libres".

Doctor en Historia, miembro de la Academia Mexicana de la Historia y profesor de diversas instituciones académicas, Krauze colaboró con Octavio Paz en la revista Vuelta, de la que fue secretario de redacción y subdirector.

En 1993 ganó el Premio Comillas de Biografía por "Siglo de caudillos", escribió un año después y junto con Fausto Zerón-Medina, la telenovela "El vuelo del águila", basada en la vida de Porfirio Díaz, y también es autor de las series documentales como "México siglo XX", "México nuevo siglo" y "México".

Es autor de libros como "Historia de la Revolución Mexicana: la reconstrucción económica", "Caras de la historia", "Por una democracia sin adjetivos", "América Latina: el otro milagro", "La Historia cuenta", "Para salir de Babel" o "El poder y el delirio".

Entre sus distinciones cuenta con la Medalla al Mérito Histórico "Capitán Alonso de León", que le fue concedida en 1992, la condecoración de la Gran Cruz de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio, concedida en 2002, o la Orden de Isabel la Católica, en 2008 y, dos años después, obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes en la rama de Historia.

sábado, 20 de octubre de 2012

VENABLO



Dardo o lanza corta y arrojadiza. 

Venablo es un sustantivo masculino que sirve para designar un arma arrojadiza, semejante al dardo o a una pequeña lanza. Procede del latín venabŭlum, devenāri, "cazar". 

Los venablos se lanzan con la fuerza del brazo, sin arco... se tienen de hecho datos de su utilización desde el Paleolítico, cuando no eran más que piezas de madera o hueso empleadas en la caza...

Por otra parte, cabe reseñar que echar alguien venablos, es una locución verbal que se emplea cuando alguien prorrumpe en expresiones de cólera y enojo, que hieren tanto -o más- que los venablos materiales... y es que, ¡cuidado con las palabras!, pues en ocasiones pueden convertirse en auténticas armas arrojadizas... 

(...)
"Observa tus pensamientos, se convertirán en tus palabras. Observa tus palabras, se convertirán en tus acciones. Observa tus acciones, se convertirán en tus hábitos. Observa tus hábitos, se convertirán en tu carácter. Observa tu carácter. se convertirá en tu destino” . Mahatma Gandhi

(...)

Y después de esta hermosa y profunda reflexión, contextualizamos la palabra del día con la obra del novelista español Manuel Fernández y González (1821-1888), Bernardo del Carpio: Leyenda histórica:

“…Alí-ben-Daz aseguró en un venablo el pergamino que había escrito, armó el venablo en la ballesta y apuntó á la ventana: por tres veces estuvo a punto de disparar y tres veces dejó de hacerlo; le estremecía el solo pensamiento de que la muger apareciese de nuevo en la ventana en el punto mismo de disparar el venablo; que aquella muger fuese en efecto la sultana Saida Otamida y que el venablo la hiriese; al cabo apuntó por cuarta vez y disparó, invocando á Dios al hacer el disparo: el venablo entró por la ventana y la muger no apareció…” (Respetamos la grafía original)

Enrique Gil y Carrasco.




BIOGRAFÍA
Enrique Gil y Carrasco nació en Villafranca del Bierzo, el 15 de julio de 1815. Su padre era el administrador de las fincas de la Marquesa de Villafranca. Cuando era pequeño la familia se trasladó a Ponferrada, donde estudió en el Colegio de los Padres Agustinos. Entre 1829 y 1831 estudió en el Seminario de Astorga, para pasar después a la Universidad de Valladolid.
En 1836 se trasladó a Madrid, donde frecuentó las reuniones de “El Parnasillo”. Espronceda lo ayudó al leer públicamente la composición “Una gota de rocío” de Gil Carrasco, que fue publicada después en El Español.
En 1838 inició su colaboración en El Correo Nacional y ese mismo año uno de sus poemas, “La niebla”, fue seleccionado para el álbum de sus composiciones poéticas que El Liceo regalaba a doña María Cristina de Borbón.
En 1839 su estado de salud empeoró y volvió a Ponferrada a pasar una temporada con la familia, y allí escribió su primera novela. De regreso a Madrid obtuvo un puesto en la Biblioteca Nacional y fundó con su amigo Miguel de los Santos Alvarez la revista El Pensamiento. Tras la muerte de Espronceda en 1842 escribió la novela que le dio fama: El señor de Bembibre, considerada la novela histórica española más importante de la época romántica, la obra trata la disolución de los templarios en España. En 1844 se trasladó a Berlín para desempeñar su cargo de representante de España en Prusia. Falleció el 22 de febrero de 1846, a los treinta y un años de edad.
Como representante del romanticismo español, se ha equiparado su poesía con la de Bécquer, a quien se anticipa, y se le considera uno de los más valiosos autores de prosa poética de su época.

BIBLIOGRAFÍA

Poesías
El lago de Carucedo (1840)
El señor de Bembibre (1844)

ENLACES

Elogio de la palabra.


Héctor Abad Faciolince, El Espectador 





Según el mito adámico (la etimología de la palabra Adán nos lleva a la expresión «creador de nombres») el primer hombre se pone a mirar las cosas y a asignarles un nombre. Señala un gran animal con garras, amarillo, que parece un fabuloso gato peludo, y dice: león. Y león queda para toda la vida. Ve luego un reptil frío y pequeño, que parece el resumen de un cocodrilo, y exclama: ¡lagartija! Y lagartija será por los siglos de los siglos, o por lo menos hasta la catastrófica torre de Babel que con la confusión de las lenguas hizo la difícil maroma de poder explicar con una historia el problema de la gran variedad de los idiomas en que nos expresamos los hombres. 

Nosotros, por fortuna, nos expresamos en este exitoso dialecto del latín que llamamos español, y que hace cinco siglos hablamos también por estos lados con inflexiones paisas, cachacas o costeñas. Adán y su capacidad de crear palabras, en realidad, sigue reencarnando en todos nosotros pues aún hoy en día, y día a día, es necesario inventar palabras (o reencaucharlas) para nombrar la realidad. Es probable que hasta antier no supiéramos lo que es un celular (que ya no es un tejido, sino una antipática forma de no poder esconderse jamás) y que hace algunas semanas tampoco entendiéramos tan bien lo que hoy con tanta seguridad llamamos informantes o cooperantes. Todos los días anónimos Adanes inventan palabras nuevas para nombrar nuevas cosas. La realidad no deja de sorprendernos y nosotros no abandonamos la feliz manía de nombrarla, de intentar atraparla en una combinación de sonidos. 

Pero el mito de Adán ya no satisface a casi nadie cuando pensamos en los orígenes del lenguaje humano. Uno de los más grandes interrogantes sobre la evolución del hombre tiene que ver con la aparición del lenguaje. Los evolucionistas y los neurólogos han encontrado cosas interesantes en eso que podríamos llamar el órgano mental, el órgano de las ideas, es decir el cerebro. Han encontrado por ejemplo que la zona del córtex cerebral que corresponde al movimiento de las manos es mucho mayor que la que corresponde al movimiento de todo el resto del cuerpo, del cuello hacia abajo. Y han encontrado un tamaño análogo (en cantidad de cerebro que se ocupa de una función) sólo en la parte que concierne a la producción física del lenguaje (lengua, labios, mandíbula, laringe). Comparado con un chimpancé, el hombre, dedica una porción análoga de cerebro para mover los pies. Pero el chimpancé‚ le dedica lo mismo a las manos que a los pies y, por supuesto, no le dedica casi nada a sus aullidos, mientras que el hombre le dedica muchísimo cerebro a sus manos y a esa especie de aullidos que son también sus palabras. 

Lo anterior es una confirmación más de la importancia de la mano como herramienta de precisión -única entre todas las especies- que fue factor determinante en el desarrollo de la inteligencia. Esto se sospechaba hace mucho. Ya lo había intuido el filósofo griego Anaxágoras (hace 2.400 años) cuando sostuvo que «la mano hizo al hombre el más inteligente de los animales». 

Tanto el homo habilis como el homo erectus tenían ya unas manos bastante sofisticadas y precisas que les permitieron construir herramientas rudimentarias. Estos antepasados nuestros habitaron la tierra por unos dos millones de años sin que se manifestaran grandes cambios. Cuando, hace unos 200 mil años, el homo erectus salta al sapiens arcaico, con un aumento considerable de la capacidad del cerebro (de 1.200 a 1.600 ml.), las herramientas de los antepasados erectus y habilis se pulen un poco y varían en su forma, pero pasan otros 170 mil años sin que haya grandes avances. 

Y de pronto, hace apenas unos 30 o 35 mil años, se produce lo que los evolucionistas llaman «una gran explosión de creatividad, quizá el salto en nivel de inteligencia más notable que se registra en la historia del hombre.» 

¿Qué pasó hace 30 mil años? Recapitulemos: durante dos millones de años el progreso de los antepasados del hombre es muy lento. El mismo homo sapiens arcaico pasa 170 mil años sin mostrar grandes avances en sus herramientas, es decir, en su precaria tecnología. Y de repente, hace 30 mil años, como en una avalancha, surgen uno tras otro «el arco, la flecha, los arpones, las herramientas compuestas». Y aparece también el arte, los dibujos en las piedras y las herramientas con adornos inútiles, sólo para el goce visual. Son de ese momento mágico las impresionantes pinturas de las cavernas. ¿Cuál fue la razón de esa gran explosión de creatividad? 

Parece ser que el gran cambio (así lo creen destacados evolucionistas) consistió en algo que no deja huellas en las piedras ni en las paredes de las cavernas. Apareció algo que no pesa ni deja rastros la arcilla blanda. Apareció esa cosa hecha de aire, esa cosa efímera que en el mismo instante en que aparece desaparece. Aparecieron, pues, las palabras, el lenguaje articulado, este ruido hecho de hondas que se mueven con cierto orden en el aire. Los gritos, las interjecciones, los llamados de atención, los lamentos, los alaridos de cólera o de miedo o de dolor o de alegría, los aullidos, se concentraron en algo menos alharacoso y más elaborado: en palabras. 

No es una coincidencia que aparezcan simultaneamente el arte y el lenguaje articulado. No es una coincidencia porque si nos fijamos en las primeras manifestaciones artísticas (la pintura de las cavernas y los grabados en hueso y marfil) vemos que el arte nace como arte abstracto. ¿Qué es el arte abstracto? Este consiste en la concentración y simplificación de una forma natural, por ejemplo de un animal. En unos pocos rasgos visuales, en unas líneas casi esquemáticas, reconocemos un toro, un caballo, un bisonte. 

El arte nace como una abstracción de la realidad, como una representación simbólica de la realidad. Antes había solo tigres reales, «de caliente sangre», como diría Borges. Con el arte aparece también el tigre (digamos) de papel, de piedra, de hueso, el tigre pintado en la pared; el arte nos da la representación abstracta del tigre, no de un tigre concreto, sino de todos los tigres reales. Es algo muy parecido a lo que hace el lenguaje articulado, capaz de evocar las cosas del mundo mediante una señal sonora, una abstracción sonora. El lenguaje representa simbólicamente objetos e ideas. Además del tigre de las llanuras surge el tigre de aire, el de la palabra que lo designa. 

Hace 35 mil años aparece, pues, el lenguaje, representado en alguna lengua o lenguas arcaicas, la palabra como nueva herramienta (de alcances insospechados e ilimitados) para expresar el pensamiento. Del arte hay huellas precisas que se conservan en las paredes; de la voz humana, volátil y efímera como es, no nos quedan rastros, y habría que esperar otros miles de años hasta que a algún genio desconocido se le ocurriera inventar la escritura. Pero la gran explosión de creatividad en las herramientas y la aparición del arte (esa gran muestra de capacidad simbólica) nos hace pensar que esa gran estructura de símbolos que es el lenguaje apareció al mismo tiempo. 

Es posible que el erectus y el sapiens arcaico tuviesen alguna forma de lenguaje, aunque no plenamente desarrollado. Quizá por desviaciones de mi oficio, pero también por las hipótesis que he leído en libros de reputados evolucionistas, creo que la aparición del lenguaje articulado fue el gran motor de la inteligencia y del desarrollo del hombre en los últimos 35 mil años. Existe una inteligencia sin palabras, un pensamiento sin palabras, eso que los científicos de la mente llaman un «mentalese»; pero conseguir la traducción a palabras de ese mentalese constituye un gran paso para transmitir y conservar la experiencia, el pensamiento y el conocimiento. 

La palabra ha sido nuestra gran herramienta para domesticar las ideas, para ordenar nuestro pensamiento, para conseguir llegar al razonamiento lógico explícito y al pensamiento conceptual. Con la aparición del lenguaje el hombre, por fin, puede hablar de ayer (es decir, transmitir experiencias) y puede hablar de mañana (o sea prever hasta cierto punto el futuro). 

Imagínense tan solo la gran ventaja que significa poder referirse a un bisonte sin tener que tener al frente al bisonte mismo. Frente al bisonte hay que correr, frente a la palabra bisonte se puede seguir sentados, alrededor del fuego de la caverna. Es una frase que repiten todos los lingüistas: la palabra bisonte no embiste, o la palabra perro no muerde. Lo útil es que antes de arriesgarse a enfrentar al bisonte, el hombre puede discutir con sus compañeros de cacería, puede afilar y sofisticar sus armas, puede representar en la cabeza (y en palabras) una simulación subjetiva de lo que hará. Remeda en el pensamiento lo que puede suceder en la realidad. Antes de intervenir en la realidad, nombra la realidad. 

Y así llegamos una vez más al mito de Adán nombrando las cosas. Volvemos a un grupo de hombres que habla, y quizá ahora (gracias a ciencias modernas como la paleología y la neurología) nos expliquemos un poco mejor cómo se fue llegando a esta posibilidad. Podemos imaginarnos, las palabras nos pueden llevar a hacernos imaginar, unas tribus de hombres que intercambian palabras, es decir ideas, que hablan y contestan, que deciden hablar antes de darse un garrotazo; antes de usar las lanzas afiladas discuten si puede haber otra solución. Todavía hablan, todavía no han pasado a los hechos, y aquí las palabras (creo) valen mucho más que los hechos. Dejemos a esas dos tribus discutiendo sobre si se van a agarrar a garrotazos o no. Mientras ellos discuten sigamos nosotros repasando otros aspectos de la fuerza de las palabras. Todos hemos podido comprobar algo maravilloso. En el limitado espacio de nuestro cráneo cabe, por ejemplo (y por completo) una mujer. Un ser amado se instala en nuestro cerebro y ahí está, entero, con sus cicatrices en el brazo, supongamos, con su pelo negro o rubio o rojo, con muchas de las palabras que ha dicho, su sonrisa, etc. Cabe también una ciudad, las largas avenidas de una ciudad, sus hermosos u horribles edificios, su río de aguas turbias. Mediante ideas y palabras podemos almacenar en el pequeño espacio del cerebro los ilimitados espacios del mundo. 

Y cabe no solo lo que de veras existe, sino incluso lo que no existe: cabe una manada de unicornios que pasta en una pradera anaranjada a orillas de un río por el que fluye vino tinto, caben tres dragones o más, uno de ellos escupiendo fuego a chorros, caben todos los dioses griegos y romanos, más todos los dioses aztecas y chibchas, caben los gnomos y las patasolas, cabe una planta que puedo inventar, la pubirna, excelente para prevenir la caída del cabello, caben todos los animales fantásticos, cabe el brazo izquierdo que perdió Cervantes. A esta capacidad de almacenar en el cerebro algo que no está presente, algo ausente, la llamamos la capacidad de representación, de evocación. De ahí provienen esos conjuros muy antiguos por los que creemos que pensando mucho en algo o en alguien podemos atraerlo. Atraer por ejemplo la lluvia concentrándonos en la lluvia, o atraer los días soleados concentrándonos en el sol. 

Por esta capacidad de evocación, se le teme a las palabras. La gente suelta unas palabras de desgracia (tipo: «si yo llegara a rodarme en el carro por un precipicio…») y se precipita a tocar madera, no vaya a ser que lo que dijo pueda atraer ese mal. O repite: «Que lo tape, que lo tape, que el portero lo tape». Y cree con las palabras atraer ese bien para el propio equipo y ese daño para el equipo rival. No funciona, claro que no funciona, sabemos que no funciona, pero tenemos a veces la ilusión de que evocar sea también invocar. 

Pero por otro lado puede ser verdad, en cierto sentido limitado, que las palabras produzcan cierta realidad (una realidad virtual). Se dice que los muertos no mueren del todo hasta que no hayan muerto los vivos que los recuerdan. En mi cabeza como en la de todo el mundo, siguen presentes -cargadas de realidad- muchas personas que ya han desaparecido, un amigo que se suicidó, otro que se mató en un accidente, otro que me mataron en un atentado. En las palabras conservamos incluso a los muertos. El eco de las palabras del poeta Ovidio, que murió en el exilio hace dos mil años, tiene todavía algo de su acento. Este es el sueño que alimenta en su tarea a muchos escritores: no morir del todo, dejar de sí al menos el eco de las propias palabras. 

Las palabras son el vehículo de ese poder extraordinario de la mente que consiste en imaginar, en recordar, en combinar recuerdos con imaginación. Sin ver un árbol yo puedo convocar un árbol diciendo la palabra árbol. Un botánico podría hablarles media hora de los guayacanes o sobre los almendros sin tener que traerles aquí un guayacán. Sabemos que ese árbol que yo nombro no da sombra, ni llenará jamás este suelo de flores amarillas, o de hojas secas, como los árboles reales de las haciendas de Montería. Pero las palabras luchan por atrapar la realidad. También muchos convocan a ángeles o santos para que les ayuden. Los griegos llamaban a sus dioses, les pedían servicios, y así hacen los musulmanes y los judíos y los cristianos. Intentan captar, atrapar en palabras a seres ultraterrenos. O detenerlos, mantenerlos alejados también con palabras o no pensando en ellos. No nombrando su santo nombre en vano. O diciéndole «vade retro»; aquí deben de ser expertos en diablos, así que sobre esto no me voy a extender. 

Volvamos, en cambio, a las dos tribus enfrentadas, con las armas afiladas, que habíamos dejado hablando. Supongamos que discutían sobre cuál de las dos podía hacer uso de un nacimiento de agua. Unos decían, «nosotros lo vimos antes», el otro grupo contestaba, «es que nosotros tenemos niños y ancianos», y los otros volvían a responder, «nosotros también tenemos niños y ancianos». Unos, más mansos, decían, «podemos intentar organizarnos para que el agua alcance para las dos tribus», pero otros decían, al oído del jefe «las lanzas de ellos tienen menos filo, los brazos de ellos tienen menos músculos, luchemos y les ganaremos y el agua será sólo para nosotros». Dejan de hablar, las palabras a veces también sirven para dejar de hablar, o para herir e incitar a la lucha. Dejan de hablar y empiezan a matarse. Los dejo imaginarse la carnicería. Es muy fácil. Es la misma que sufrimos hoy en Colombia. Sangre y más sangre. 

Pero, fíjense. Hubo un momento en que las dos tribus no peleaban. Un momento breve y frágil, un instante distinto. El momento frágil en que estuvieron discutiendo, intercambiando palabras. Yo quisiera poder imaginarme unas palabras tan seductoras, que distraigan tanto, en cierto sentido tan mágicas, que uno vaya olvidando de qué es que estaba discutiendo cuando hablaba. Unas palabras tan intensas que suplanten la dolorosa realidad de la disputa, que doblen la realidad hacia las inofensivas palabras.Yo sueño con unas palabras que produzcan siempre más y más palabras. Mejor dicho, me imagino un país en el que todos nos la pasemos conversando, intercambiando ideas, pensando en voz alta. Eso es lo que hace la literatura, y por qué no, también lo que hace el periodismo. Uno de mis libros preferidos enseña eso, el combate entre los cuentos y la realidad. El sultán de las mil y una noches yace cada día con una doncella distinta, y la hace decapitar al amanecer. En cada una de estas vírgenes que dejan de serlo se venga de la traición que le jugó su esposa. Hasta que llega Sheerezada y es capaz, con los cuentos, de postergar la sentencia, de suspender la violenica. Eso es lo que hacen los cuentos y lo que hacen las palabras: postergan, hacen más larga y llevadera la ineludible sentencia de la muerte que todos llevamos dentro. Los felicito por dedicar esta semana al más maravilloso de los inventos humanos: la palabra. 


La cara oscura de Madrid.



Escribo una novela policial. En la página 14 al sospechoso le hacen la prueba de la parafina para detectar pólvora en sus manos. Ese es el momento en el que un criminólogo cierra el libro espantado: ¡La pólvora hace décadas que no se busca así! De acuerdo, ¿pero cómo iba a saberlo yo? Pues había medios: estudiar criminología, una búsqueda rigurosa de medicina forense o apuntarse a un seminario para escritores de novela negra.
Esta última solución es la que propone la escuela de creación Hotel Kafka (Hortaleza, 104): cursillos impartidos, junto a escritores como Rafael Reig, por forenses, abogados y detectives que instruyen a los alumnos sobre las circunstancias en torno a un asesinato. El criminólogo Ángel García Collantes es uno de los docentes: “Además de escritores, vienen guionistas o periodistas que necesiten familiarizarse con la especialidad para no decir barbaridades”. Aprenden a reconocer el punto del que procede una bala a partir de las manchas de sangre en la pared, el arte de los retratos robot y las autopsias… Por 690 euros y en 22 horas y media. “Yo lo hice el primer año”, cuenta Guillermo Aguirre, coordinador de los cursos en el Hotel. “Tuvimos que dar el DNI para que nos tuvieran localizados, porque es información sensible. Visitamos la cárcel e hicimos prácticas de tiro”.
Se trata de un plato más en el menú negro de Madrid. Mañana arranca la quinta edición del festival Getafe Negro y el mundo de la ficción criminal continúa su tímida expansión: librerías, clubes de lectura y jóvenes escritores se hacen fuertes en Madrid.
En la librería Burma (Ave María, 18) le deben el nombre al detective Nestor Burma, del francés Léo Malet. Abrieron hace dos años y se especializan en literatura policiaca y cómic. “Pero completamos con actividades como talleres, etc.”, cuenta Chus García, copropietaria junto a Alfredo Jiménez. Los clubes de lectura (10 euros) se disponen en ciclos por géneros (novela negra, crímenes mediterráneos, relato ruso…), y una vez al mes la librería organiza junto con la asociación Sábado Negro un encuentro con un autor policiaco. El invitado hoy será Javier Márquez Sánchez con Letal como un solo de Charlie Parker. “Los de la asociación asisten fielmente, y el resto de visitas dependen del tirón del escritor”, cuenta Jiménez. “Festivales como el de Getafe son una buena oportunidad de fichar a escritores para las charlas”. En Burma defienden las virtudes de la especialización: “Permite tener más fondos y escapar a la tiranía de las novedades”. Chus y Jacinto son grandes aficionados al género: “Hay que leer mucho para asesorar al cliente”.

Cinco años de homenaje al ‘noir’

  • Getafe Negro, del 20 al 28 de octubre, cumple su quinta edición. La mayoría de actividades se desarrollan en Getafe, pero también habrá en varias en Madrid.
  • La República Checa será el país homenajeado. Participan los escritores Pavel Kohout, Petr Král, Markéta Pilátová y Martin Reiner.
  • Kafka tendrá un tributo con una exposición traída de Praga que se ubicará en La Fábrica de Harinas de Getafe. “Sin ser un autor negro, hay elementos de su escritura que pertenecen al género: la crueldad, los juicios, la oscuridad...”, explica Lorenzo Silva, comisario del festival.
  • El humor tendrá un papel, con charlas de Eduardo Mendoza o Juan Bas. La crisis, el periodismo, el cine negro o el cómic serán otros temas de las charlas diarias. Un camión laboratorio de la Guardia Civil estará el domingo en Getafe.
  • Un festival de jazz en la ciudad acompañará a la literatura los días 19, 20 y 21.
  • La mayoría de actividades son gratuitas.
Donde también gestionan un club de lectura de novela negra es en la librería Estudio en Escarlata (Guzmán el Bueno, 46). Al frente está Juan Salvador López, conocido en el mundillo como Juan Escarlata. “Yo soy el moderador del club. Un viernes al mes nos reunimos y elegimos dos títulos por votación”, cuenta. El club es gratuito y supone un aliciente más dentro de un negocio familiar que lleva abierto ocho años y que va capeando la crisis aunque haya comenzado a notar cierta caída este año. Venden todas las gamas del negro (policiaca de serie, thriller, gótico…) pero su especialidad son los libros de Sherlock Holmes, un subgénero en el que Conan Doyle fue un autor más: después de él vinieron cómics, sagas paralelas, aventuras de Sherlock en España (en eso no fue precursor Garci)... “Hay mucha producción, y se van haciendo cosas muy buenas en español, pero yo echo de menos que no se haya explotado más la corrupción y la degradación de la nuestra vida política. No hace falta que venga el de Las Vegas aquí para traernos eso”, bromea Juan.

Nueva generación

Aunque precisamante los escritores coinciden en que el vigor del género se explica porque este se está empapando de realidad. El reciente premio PlanetaLorenzo Silva, comisario de Getafe Negro, considera que “cuando bajan las aguas, quedan muchas cosas feas al aire, y existe una necesidad de contarlo”. Nadie niega que la marea negra tiene un componente de moda espoleada por la saga Millenium de Stieg Larsson, pero la crueldad de la crisis ha acelerado un ennegrecimiento de la novela social. “Y la calidad de los escritores nuevos pesa: un género muy secundario se ha convertido en central y eso ha atraído a grandes autores”, valora Silva.
Dos de sus recomendaciones son Mercedes Castro (1972) y Marcelo Luján (1973), “muy buenos escritores”. Ambos se declaran deudores de lo negro, pero no lo practican plenamente.
“Ahora se puede hacer negro sin que haya ni policías ni muertos”, cuenta Luján. “El mundo se ha convertido en algo tan cruel que la novela urbana, social, por fuerza tiene que ser negra”. Luján ha transitado tanto por el noir contemporáneo (La mala esperapremiada en Getafe en 2009), como por los territorios lejanos en el tiempo y en el espacio de su última obra, Moravia, ambientada hace 50 años en círculos checos. “Lo que me importa es la historia; lo de negro es secundario: esta última obra la ubiqué en el pasado porque trata de unos valores que ya no existen”.
Mercedes Castro, aficionada al género, también se divierte entrando y saliendo de él. “Sus reglas pueden ser un buen punto de partida, pero a mí lo que me interesa es entender la sociedad”. Su primera obra, Y punto, tiene como protagonista a una policía que tiene que bracear en un mundo de hombres al tiempo que utiliza su papel de funcionaria de la ley para husmear en todas las capas sociales: las bajas y las altas. “En esa novela quería hablar de los grandes contrastes que hay en Madrid. En mi segundo libro, Mantis, rompí deliberadamente con el género negro, aunque también hay crímenes”.
Los dos coinciden en que la ciudad cada día resulta un espacio más hostil. No tienen que moverse muy lejos para buscar material para la crítica y la disconformidad. El boom negro les ha servido como trampolín pero tienen claro que ninguno quiere ser un nuevo Conan Doyle, prisionero de la pipa y la lupa. El objetivo es hacer Literatura. Sin colores.