viernes, 22 de marzo de 2013

El español, ¿petróleo de España?



Ricardo Soca 

La Real Academia Española, fundada hace trescientos años, se ha erigido en autoridad normativa de nuestra lengua con una fuerza institucional que no se conoce en ninguna otra lengua del mundo. El francés, el italiano, el portugués europeo y el de Brasil tienen sus respectivas academias (el inglés nunca las tuvo), pero ninguna de ellas cuenta con la fuerza y la autoridad casi indiscutida de la casa de Madrid.

Hoy los españoles son apenas el 10% de los hablantes nativos de nuestra lengua en el mundo, mientras incontables variedades florecen en todos los países, pero el reino de Juan Carlos I agarra con fuerza inusitada las riendas del español. La autoridad de la RAE forma parte de un discurso nacionalista y colonialista, que considera a los países americanos como vástagos que deben permanecer atados al viejo tronco madrileño desde donde se imparten las normas.

Esta ideología colonial, que hoy se convertido en lo que en sociolingüística se llama imperialismo lingüístico, ha adquirido particular vigor desde hace dos décadas, cuando el Estado español, a instancias de las multinacionales con sede en Madrid, Bilbao y Barcelona –Telefónica, Santander, BBVA, Repsol, Endesa, etc.– empezó a promover las Cumbres Iberoamericanas, en las que todos somos iguales pero las preside el rey de España. A partir de 1998 se empezaron a celebrar los Congresos Internacionales de la Lengua Española, donde también todas las academias son iguales pero admiten tácitamente la égida de su hermana mayor española. La academia española, así como sus satélites americanos, reconoce la existencia de variantes pero asume, como principio que no se discute, su liderazgo en el papel de «velar» por la unidad de la lengua. 

Para fortalecer esta postura ideológico-lingüística, la Fundación Telefónica ha financiado la elaboración de varios trabajos, luego publicados como libros, en los que se demuestra la importancia de luchar por la unidad del español para favorecer la penetración de las empresas españolas en el vasto mercado de 450 millones de hispanohablantes.

El petróleo de España
Al amparo de esta ideología, el exdirector del Instituto Cervantes, el filólogo Fernando R. Lafuente, afirmó recientemente en un artículo publicado en el diario madrileño abc, que el español era «el petróleo de España», pero al mismo tiempo reconoció que es hoy una lengua «profundamente americana», puesto que en América está el 90% de sus hablantes, y que solo un 5% (del total de hispanohablantes) «pronuncia la c». En el mismo párrafo, Lafuente afirma que este hecho «constituye la razón y el sentido» de la fortaleza cultural de España, que «debe enorgullecerse y maravillarse de su expansión y de su vocación atlántica»: 
«El idioma español es el petróleo de la sociedad española y de las sociedades que se expresan en español. La lengua, hoy, profundamente americana –nueve de cada diez hablantes están al otro lado del Atlántico, y apenas son un 5% los que pronuncian la «c»– constituye la razón y el sentido de la fortaleza cultural de una nación, su expansión, su profunda vocación atlántica, algo por lo que no solo uno debe sentirse orgulloso, sino maravillado y, al tiempo, sentir, también, una formidable responsabilidad».

Según la visión eurocéntrica de Lafuente, «pronunciar la csignifica hacerlo de la misma forma como se pronuncia la zen el centro y norte de España, mientras que hacerlo como el 95% restante de los hablantes de nuestra lengua equivale a no pronunciarla (tal vez crea que en América decimos asa porcasaaeite en lugar de aceite. Según él, el hecho de que los españoles deban sentirse »orgullosos y maravillados» de que los latinoamericanos hablemos español y, más aún, que lo sientan como «una formidable responsabilidad», permite entrever el ángulo imperialista desde el cual el reino del último Borbón concibe su papel con respecto a los hablantes no peninsulares de castellano. Por otra parte, si la lengua es «profundamente americana», no se entiende cómo puede ser el «petróleo de España».

En otro párrafo del mismo artículo, Lafuente explica supuestas dotes petroleras del castellano:
«La lengua española es el gran emblema de la historia de España, su mayor símbolo, su figura más internacional, su fuente de energía inagotable, sí, su petróleo. Porque el español es una fuente de energía renovable que no tiene coste de producción, que no se agota con su uso, que tiene un coste único de acceso, es un bien no apropiable y, además, el valor de uso se incrementa con el número de usuarios. Uno de los hechos determinantes en el presente del español es su honda capacidad, al cabo –como bien señaló Carlos Fuentes, el español es un idioma de frontera; un idioma de andariegos e inmigrantes, de aventureros y soñadores–, de la unidad en la diversidad».

En este párrafo queda más clara la concepción profundamente ideológica de la lengua como símbolo y emblema de España, lo que convierte al reino peninsular, implícitamente, en principal titular del derecho de explotar esa riqueza económica. Reconoce Lafuente que el incremento del número de usuarios merced a los hablantes americanos «incrementa el valor» de este hidrocarburo cervantino, aunque una oportuna cita al autor mexicano Carlos Fuentes sirva para matizar y mitigar el carácter imperialista del pensamiento del filólogo español. 

En cuanto a la curiosa definición del idioma como «fuente de energía que no se agota con el uso» y que «no tiene costo de producción», supongo que debe haber hecho revolverse en sus tumbas desde Adam Smith hasta Karl Marx, pasando por James Watt y Ferdinand de Saussure.


 N. del A.: Los trabajos de los lingüistas españoles Juan Carlos Moreno Cabrera, de la Universidad Autónoma de Madrid, y José del Valle, de la City University de Nueva York sobre nacionalismo panhispanismo, han sido de inestimable ayuda en la redacción de este texto.

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