domingo, 10 de marzo de 2013

La ciencia de la Real Academia Española.



La Real Academia Española (RAE) anunció recientemente la introducción de 1.697 cambios en la versión en línea de su diccionario, el DRAE. Los medios de comunicación hicieron especial énfasis en que entre los cambios se encontraba lo que llaman la «aceptación» de algunos vocablos relacionados con ciencia y tecnología, con una visión más publicitaria que crítica. 

Entre los vocablos esperados estaban los estrechamente relacionados con la presencia del ser humano o sus aparatos en el cosmos, cosas como las sondas espaciales, el telescopio espacial y la estación espacial, la ISS, el objeto más grande que el ser humano ha puesto en órbita desde el Sputnik I en 1957. 

No hubo suerte. Hoy, pese a los 1.697 cambios, en el DRAE siguen sin existir las sondas espaciales, no importa que las estemos lanzando hace más de 50 años y que una de ellas, el Voyager I, esté a punto de convertirse en el primer objeto hecho por el hombre que abandona nuestro Sistema Solar, una hazaña de consideración. 

En el remozado diccionario académico tampoco existen los telescopios espaciales. 

De hecho, el único telescopio que incluyen los académicos (en una redacción que probablemente se ha quedado congelada en el tiempo desde el siglo XVIII) es «Instrumento que permite ver agrandada una imagen de un objeto lejano. El objetivo puede ser o un sistema de refracción, en cuyo caso el telescopio recibe el nombre de anteojo, o un espejo cóncavo». El nombre de anteojo, no está de más anotarlo, lo recibía en tiempos de la navegación a vela, cuando no se empleaba para buscar, por ejemplo, agujeros negros. 

El agujero negro académico, por cierto, es un ente asombroso: «Lugar invisible del espacio cósmico que, según la teoría de la relatividad, absorbe por completo cualquier materia o energía situada en su campo gravitatorio». Y ni mención de lo que diferencia a ese lugar invisible de otros, como su masa, responsable también de su «campo gravitatorio» (concepto algo anticuado), ni mucho menos la observación de que los agujeros negros no sólo hacen eso según la teoría de la relatividad. 

¿Y la estación espacial? Pese a que la primera, la Salyut I soviética, se lanzó en 1971 y ha habido muchas de ellas (9 Salyut, la MIR, el Skylab y ahora la ISS), el concepto sigue siendo totalmente ajeno al diccionario. 

¿Qué novedades nos traen entonces en cuanto a léxico científico y técnico los cambios anunciados por la RAE a falta de sondas, estaciones espaciales y agujeros negros más ajustados a la realidad? «Papamóvil», por ejemplo, que les parece más relevante. 

Los cambios son pocos y no muy alentadores
 
Por ejemplo, el recién estrenado USB académico es una «Toma de conexión universal de uso frecuente en las computadoras», definición que deja en el misterio el tipo de conexión y más grave aún, obvia que también es «de uso frecuente» en reproductores de audio, teléfonos móviles, televisores, cargadores de baterías y otros dispositivos bastante más allá de las computadoras. 

Otro vocablo muy celebrado de la lista de nuevas adiciones al DRAE fue «bloguero», definido como «persona que crea o gestiona un blog», que curiosamente deja fuera a los que escribimos blogs. Pero, al margen de eso, una persona que quiera saber qué son los blogs esos creados y gestionados por blogueros puede buscar «blog» y encontrará en las nuevas adiciones que es un «Sitio web que incluye, a modo de diario personal de su autor o autores, contenidos de su interés, actualizados con frecuencia y a menudo comentados por los lectores», que puede pasar. Pero, ¿qué es un sitio web? Quien busque ese concepto se encontrará el silencio: el diccionario no define ese misterioso «sitio web» que cuando es a modo de diario personal es un blog. Y ya que ellos mencionan «sitio web» es un concepto necesario para dar una idea completa como la que se da, digamos, de la navegación a vela. 

Porque si uno busca «mesana», se enterará de que, además de ser el palo más a popa de las embarcaciones de tres palos (que pasaron a la historia a mediados del siglo XIX), es la vela que va contra ese mástil, envergada en un cangrejo. Y tanto «envergar» como «cangrejo» están debidamente definidos, de hecho con mayor prolijidad de la que amerita el estándar USB de cables, conectores y protocolos de conexión y comunicación de dispositivos informáticos (definición un poco mejor que la académica, cosa que tampoco implica un alto grado de dificultad). Por ejemplo, el ya inexistente cangrejo de las goletas académicas es ni más ni menos que «Verga que tiene en uno de sus extremos una boca semicircular por donde ajusta con el palo del buque, y la cual puede correr de arriba abajo o viceversa, y girar a su alrededor mediante los cabos que se emplean para manejarla». 

Y es que la relación de la RAE con la ciencia ha sido, habitualmente, lejana, fría, recelosa y desconfiada, como corresponde a la concepción (perjudicial y de urgente eliminación) de que el mundo está dividido en dos espacios que no tienen puntos de contacto: o se es «de letras» o se es «de ciencias». Y ser «de los dos» no gana tampoco concursos de popularidad. Viven en las dos culturas de C.P. Snow sin esperanza de romper sus cadenas. 

El único requisito que se deben cumplir para ser académico es resultarle simpático o agradable a quienes ya lo son. Cierto que en 1713, cuando Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona, fundó la RAE como copia de la Academia Francesa (y empezó a recibir fondos públicos cortesía de Felipe V un año después, sin cesar hasta hoy), la revolución científica era joven y en gran medida extranjera y sospechosa (francesa, alemana, holandesa e italiana, concretamente, cosa de cuidado), Gaspar Melchor de Jovellanos ni siquiera había nacido y el recuerdo de Miguel Servet era un relato cautelar de peso. 

El problema, para muchos críticos de la RAE como el mexicano Raúl Prieto Riodelaloza, que escribió varios libros señalando los problemas de las ediciones de la 18ª a la 21ª, es que la academia española se quedó viviendo en el siglo XVIII, despreciando los avances del mundo a su alrededor. Sus formas, como su diccionario, son de otro tiempo, no adecuadas a los usos, costumbres, conocimientos y avances de los que disfrutamos o padecemos a casi trescientos años de que naciera la institución. 

Las características esenciales de la RAE han sido asunto de preocupación de muchos a lo largo del tiempo. Por ejemplo, el único requisito que se deben cumplir para ser académico es resultarle simpático o agradable a quienes ya lo son, porque son los académicos ya existentes los que eligen a los nuevos, sin mediar ni una exigencia profesional, de experiencia o capacidad haciendo diccionarios. Y se les elige de por vida y sin que puedan ser expulsados, lo que garantiza que la juventud escasee en la casona de Felipe IV. No tienen obligación, ni la han tenido nunca, de ajustarse a los más recientes conocimientos no sólo en física o biología molecular, sino en filología y lexicografía (es decir, la forma de elaborar diccionarios), a una redacción eficiente y clara o a una visión laica y civil. 

La academia, dada su proclividad a mantenerse atrincherada del lado «de letras» así tenga que definir cuásares y aparatos de Golgi, se compone principalmente de escritores y filólogos, y sólo recientemente incluyó a dos científicos, la química Margarita Salas y el físico y divulgador José Manuel Sánchez Ron. Dado su machismo tricentenario, de los 46 académicos sólo 6 son mujeres. 

Más relevante parece que la RAE no justifica ni explica ante nadie sus decisiones, adiciones o supresiones al diccionario, tratos comerciales, uso de presupuesto (varios millones de sus euros provienen de las arcas públicas tanto en España como en el resto de los países hispanoparlantes, donde medran unas academias «correspondientes» patentemente inútiles para más que para los besamanos y la cortesanía, como lo ejemplifica que Juan Pablo II haya sido miembro de honor de la academia chilena «correspondiente de la española») y tomas de posición. En esta presentación de cambios han señalado muy graciosamente que la acepción de «rural» que equiparaba lo campirano con lo basto y bruto fue eliminada a instancias de unos escolares que les escribieron. Eso puede sonar muy bonito, pero ¿así actúan con todos los escolares que les escriben? ¿Con qué criterios aceptan o rechazan los comentarios que algunos les dejan (les dejamos) sobre el diccionario? No lo dicen, no tienen obligación de rendir cuentas. Son, para todo efecto práctico, la tiranía absoluta sobre el idioma de más de 500 millones de personas, y ello sólo porque Felipe V los nombró autoridad sobre el idioma en tiempos del imperio. 

La academia pasea tranquilamente en un jamelgo por la meseta mientras a su lado el mundo pasa en Ferrari. ¿Cuándo trabajan los académicos? 

Por si fuera poco, si alguna persona, colectivo, región, poblado, comunidad cultural o social, nación, sindicato o grupo similar se encontrara en desacuerdo con alguna decisión, añadido, supresión, corrección o metida de pata de la RAE en su diccionario, no tiene instancia alguna ante la cual interponer recurso, apelación o queja. Salvo la propia RAE… que al estilo de la Inquisición realiza sus deliberaciones y emite sentencias y decisiones en el más absoluto secreto. Y al que no le guste, dos tazas. Un ejemplo de los cambios recientes es la definición de manga: «género de cómic de origen japonés, de dibujos sencillos, en el que predominan los argumentos eróticos, violentos y fantásticos». La vaguedad y subjetividad de afirmaciones como «dibujos sencillos» y «predominan» es acojonante (por usar otra palabra que después de ser usada en todo el mundo hispanoparlante durante décadas y décadas, al fin llamó la atención académica. Y, por supeusto, los aficionados, escritores y dibujantes de manga quieren protestar y y mostrar que sus dibujos y argumentos no son tan así… pero no tienen cómo. 

Un detalle que quizá explica mucho de la lentitud desesperante con que se mueve la academia, tranquilamente paseando en un jamelgo mientras a su lado el mundo pasa en Ferrari lleno de novedades es el tiempo que trabajan los académicos. El pleno (los 46 académicos de número) se reúne los jueves por la tarde del curso académico, que dura 9 meses, lo que suma la copiosa cantidad de 38 o 39 tardes al año. 

Uno pensaría, quizá por exagerado, que eso es poco para confeccionar el diccionario que merece una de las lenguas más habladas y en más acelerada expansión del mundo. 

Para hacer una comparación (que, como todas las comparaciones, será odiosa), los 1.697 cambios anunciados con profusa publicidad son el resultado de los debates de la Academia durante cuatro años, de 2007 a 2011. La versión en Internet se ha actualizado en 2004 (2.576 cambios), 2005 (9.029 cambios), 2007 (4.618 cambios) y 2010 (2.996 cambios). 

Los académicos de la R.A.E. introdujeron 1.697 cambios en el diccionario durante cuatro años, la mitad de los que introduce el diccionario de Oxford en un solo mes. 

Por su parte, el Oxford English Dictionary (OED) anunció este mismo año que introducía 2.500 cambios. Son los cambios correspondientes al trabajo de asesores, expertos en distintas ramas, científicos, lexicógrafos, lingüistas, investigadores y redactores durante el último trimestre e incluyen trabajo en palabras científicas y técnicas como BitTorrent, apatosaurio, equinácea y VGA. ¿La anterior actualización? Marzo, 1.700 cambios (incluyendo «ludología» como estudio de los videojuegos y «metamateriales»), y antes la anunciada en diciembre con 1.200 cambios. Y así todos los trimestres. 

Por supuesto, el OED está hecho por una universidad pública que tiene un compromiso académico de primer orden y el compromiso de dar cuentas del uso de los dineros de todos los británicos. Quizá también por eso el OED consigna en su seno 600.000 vocablos ingleses mientras que el DRAE reduce el español a 88.000 palabras, poco más o menos. 

Las definiciones del DRAE suelen ser, por desgracia para todos, incoherentes, desordenadas, desprolijas, a veces con un tufillo a sacristía bastante incómodo y que traicionan de lejos su antigüedad y la visión estrecha de sus autores. Pasemos un momento a la zoología. 

El lobo académico es «Mamífero carnicero de un metro aproximadamente desde el hocico hasta el nacimiento de la cola, y de seis a siete decímetros de altura hasta la cruz, pelaje de color gris oscuro, cabeza aguzada, orejas tiesas y cola larga con mucho pelo. Es animal salvaje, frecuente en España y dañino para el ganado«. 

Cuando termine de asombrarse ante el hecho de que la RAE es el único grupo del mundo que mide el universo en decímetros, pregúntese por qué no nos dice que también es omnívoro, que es de la familia Canidae, que puede ser más alto, que su pelaje en realidad varía desde el blanco purísimo hasta el negro azabache, que es frecuente también en el resto de Eurasia, norte de África y América, y que el ser humano, a juzgar por los resultados, ha sido bastante más dañino para el lobo que éste para el ganado. Y ello sin añadir que quizá sería conveniente señalar que es el antecesor del perro doméstico y comentar que es gregario y vive y caza en manada. 

¿O sería demasiado exigente pedir tanto a una definición? Ya entrar en la familia zoológica y cosas así quizá no sea parte de la labor de un diccionario. ¿O lo es? ¿Qué tan larga debe o puede ser una definición, cuál es el límite máximo y con qué criterios se establece? 

Porque cuando la RAE no ve al lobo con alma de pastorcillo acongojado por sus ovejas, sino que ve más bien al león, que es bicho que suele aparecer en los escudos de armas de la gente de bien y por tanto ya tiene cierta entidad, ve a un «Gran mamífero carnívoro de la familia de los Félidos, de pelaje entre amarillo y rojo. Tiene la cabeza grande, los dientes y las uñas muy fuertes y la cola larga y terminada en un fleco de cerdas. El macho se distingue por una larga melena«. La definición es un catálogo de generalidades (grande, muy fuerte, larga) pero al menos nos informa de la familia taxonómica de este cazador y carroñero de la sabana africana (ah sí, que es de África, omisión menor). 

Y sin embargo, la misma academia, ante el elefante, lo que ve es a un «Mamífero del orden de los Proboscidios, el mayor de los animales terrestres que viven ahora, pues llega a tres metros de alto y cinco de largo. Tiene el cuerpo de color ceniciento oscuro, la cabeza pequeña, los ojos chicos, las orejas grandes y colgantes, la nariz y el labio superior unidos y muy prolongados en forma de trompa, que extiende y recoge a su arbitrio y le sirve de mano. Carece de caninos y tiene dos dientes incisivos, vulgarmente llamados colmillos, macizos y muy grandes. Se cría en Asia y África, donde lo emplean como animal de carga«. Entre otras cosas se omite, claro, que el elefante asiático y el africano son dos especies totalmente distintas y además, al generalizar sin criterio zoológico, ponen en riesgo de convertirse en pegatina a cualquiera a quien se le ocurra usar a un tozudo y malhumorado elefante africano como animal de carga. 

¿Por qué de uno se mencionan ciertas características y de otros no, de uno la familia y del otro, el orden de unos su alimentación y de otros no? 

Uno supone, aventuradamente, que se debe a que las definiciones se hicieron en distintos momentos y con distintos criterios a lo largo de 300 años, y los señores académicos no se han podido poner a la tarea de unificar la forma de presentación de los animales en su lexicón. Bastaría que se pusieran de acuerdo en una plantilla de criterios básicos: ¿se anota su orden, su familia, su nombre científico?, ¿el tamaño se da en longitud, en peso o en ambos?, ¿se mencionan sus costumbres, sus hábitats,su alimentación, sus características físicas, sus peculiaridades de conducta, su valor económico, su papel en el ecosistema o incluso su valor gastronómico (que no pocos animales son definidos por los académicos en función de si se los pueden manducar o no)? ¿Falta o sobra algo? Consensuado esto, se adaptan todos los artículos sobre animales. 

En un apartado sobre animales, pensando en el gregarismo de los lobos buscamos al gregarísimo pingüino y lo que nos encontramos es escalofriante. Para la RAE, el pingüino es «Nombre común de varias aves caradriformes del hemisferio norte, como el alca y sus afines«, y uno piensa en el alca y no recuerda que nadie la llame pingüino, mientras que los pingüinos que todos conocemos, las aves del hemisferio sur, quedan marginados a la definición de «pájaro bobo», que tampoco es para aplaudir: «Ave palmípeda, de unos cuatro decímetros de largo, con el pico negro, comprimido y alesnado, el lomo negro, y el pecho y vientre blancos, así como la extremidad de las remeras. Anida en las costas, y por sus malas condiciones para andar y volar se deja coger fácilmente«. 

Vamos, que mencionar que sus picos también suelen incluir color anaranjado, que viven en grandes grupos y que «sus malas condiciones para volar» en realidad son malísimas: no vuelan nada, aunque nadan con agilidad y elegancia, detalle que no merecen que se mencione estos habitantes de tierras frías del orden de los Spheniciformes. 

Para efectos de paleontología o paleoantropología, no añado nada a lo que ya dijo hace cuatro años Paleofreak en su entrada Paleo-DRAE, altamente recomendable. 

Pero si la RAE no está muy puesta en ciencia, en lo que es pseudociencias, pseudomedicinas y el maravilloso mundo de lo paranormal está puntualmente al día. En ningún momento pone en duda la telepatía («Coincidencia de pensamientos o sensaciones entre personas generalmente distantes entre sí, sin el concurso de los sentidos, y que induce a pensar en la existencia de una comunicación de índole desconocida»), la telequinesia («Desplazamiento de objetos sin causa física, motivada por una fuerza psíquica o mental»), la acupuntura, la homeopatía («Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir»). En la academia se puede levitar (Dicho de una persona o de una cosa: elevarse en el espacio sin intervención de agentes físicos conocidos), profetizar (Anunciar o predecir las cosas distantes o futuras, en virtud del don de profecía), tener estigmas («Huella impresa sobrenaturalmente en el cuerpo de algunos santos extáticos, como símbolo de la participación de sus almas en la Pasión de Cristo»). 

Ojalá la academia algún día abandone su arrogante posición de «autoridad» sobre el idioma, que no tiene base alguna, y se ocupe de enfrentar el idioma cotidiano en todos los países hispanoparlantes, el español que usamos también para comunicar ciencia, hay que señalarlo, de registrarlo, de definirlo con claridad y orden, coherencia y las mejores técnicas lexicográficas, creando un diccionario más útil para todos los que somos los dueños del idioma, con profesionales que trabajen una media de 40 horas a la semana 11 meses al año y que tengan que dar cuenta de sus actos, gastos y viajes, con tiempos fijados razonablemente para actualizar el diccionario y que dejen de lado visiones que entre la sacristía, la aristocracia preilustrada y el centralismo que desprecia todo lo que no es el centro de Madrid, adquiriera una vocación hacia el español universal… aunque eso implicara menos birretes esperpénticos, ceremonias de pompa de tiempos del absolutismo, cortesanías alambicadas y comilonas transatlánticas. Y menos telépatas y profecías… 

1 comentario:

  1. Amigo Martín: Nos dejaste boquiabirtos con tus comentarios. No sabíamos que los 46 académicos de la RAE disfrutaran tanto y trabajaran tan poco. ¿Conoces a alguno de ellos a quien yo pudiera caerle simpático? Porque, sinceramente, me gustaría formar parte de ese prestigioso cuerpo para aportar mi -hasta ahora desconocida- sapiencia en el campo de la lengua española. Felicitaciones por el análisis profundo que haces del tema y por los conocimientos que tienes al respecto. Un abrazo. Golfredo Dugarte, Venezuela. Email: golfredodugarte@yahoo.com.

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