lunes, 18 de agosto de 2014

Ortega, sin orteguianos y sin ortegajos.




Si es verdad que los más grandes escritores son los que soportan las críticas más duras, entonces José Ortega y Gasset es, quizá, el mayor escritor español del siglo XX, porque nadie ha soportado ataques, tergiversaciones, burlas y parodias tan sangrantes como él. Hay muchas razones que explican este hecho. Una es el lugar desmesurado que Ortega ocupó desde muy joven en la vida intelectual española, lo que hizo que ofreciera un blanco desmesurado. Otra es el secuestro de Ortega por los orteguianos, que han estado a punto de convertirlo en un pensador repipi, reaccionario e insustancial. Otra, claro está, son sus propias debilidades, cada vez más acusadas a medida que envejece: su pedantería, sus cursiladas, su arbitrariedad, su prepotencia, su egolatría, su nacionalismo mal disimulado y su autoritarismo de salón, su gusto por las señoronas y los señorones y por supuesto sus ortegajos (como los llama Sánchez Ferlosio), esas sentencias lujosas pero huecas que de vez en cuando afligen su obra: “orquídeas verbales”, las llamaba Josep Pla.
A mi juicio, el mérito principal de la apasionante biografía de Ortega que acaba de publicar Jordi Gracia consiste en no ocultar ninguno de los defectos de Ortega recordándonos todas sus virtudes; es decir, recordándonos lo que nunca ha dejado de ser: un pensador vivísimo, jovial, subversivo, pletórico de estímulos, radicalmente ateo y anticatólico, radicalmente vitalista, radicalmente radical, porque va a la raíz de los problemas. Gracia subraya paradojas fundamentales y ofrece más de una sorpresa a quienes creíamos conocer a Ortega; menciono dos. Goethe advirtió con razón que hay que tener mucho cuidado con lo que se quiere ser de mayor, porque puede acabar consiguiéndose; pero se le olvidó advertir que hay que tener todavía más cuidado con lo que no se quiere ser de mayor, porque también puede acabar consiguiéndose. Es lo que le ocurrió a Ortega. Nacido en una familia de periodistas, de joven Ortega aspiró a huir del periodismo y a hacer “labor objetiva y científica en libros”, como escribe en una carta casi adolescente a su padre. La realidad, sin embargo, es que Ortega fue ante todo un escritor de periódicos, que sólo publicó un libro como tal y que el resto de su obra consta de recopilaciones de artículos. Lo curioso es que fue precisamente ese género, el artículo, el que le permitió a Ortega dar lo mejor de sí mismo, el que lo convirtió en el pensador asistemático y literario que es, lleno de intuiciones, vislumbres y fogonazos deslumbrantes; en cambio, cuando, ya de mayor, sintió la urgencia de forjar un sistema filosófico, fracasó. Paradojas aparte, quizá la mayor aportación de Gracia reside en haber documentado al detalle la total imbricación de Ortega con la política de su país, su ciclotímica pero absorbente pasión política. Aquí Gracia destroza los clichés propagados con éxito sorprendente por quienes no han leído a Ortega o lo han leído con mala intención: Ortega no sólo no tuvo la más mínima connivencia con el fascismo, sino que parte importante de su obra –La rebelión de las masas, sin ir más lejos– está escrita contra él; Ortega fue siempre un liberal –un liberal izquierdista de joven y un liberal conservador de viejo– y un demócrata casi siempre radical, lo que de joven hizo de él un antisistema y de mayor le convirtió en un defensor de la República, su gran proyecto político y su mayor fracaso, como el de toda su generación.
“¿Es el gran filósofo español?”, le preguntó Tereixa Constenla a Gracia en este periódico; la respuesta a esa pregunta fue otra pregunta: “¿Hay otro?”. La tradición del pensamiento español es la que es, y parece evidente que, al menos en el siglo XX, casi nadie ha pensado en español con la potencia, la inteligencia y la brillantez de Ortega. Para apreciarlo, no hace falta estar siempre de acuerdo con él. Al contrario. “Ricordati, Fabrizio”, le dice un amigo al protagonista de Prima della revoluzione, la película de Bernardo Bertolucci, “non si può mica vivere senza Rossellini”. Nosotros podemos pensar contra Ortega, quizá incluso debemos hacerlo; pero no podemos pensar sin Ortega, porque, al menos en español, no se puede vivir sin Ortega. Sin el Ortega que nos devuelve Gracia, por lo menos: un Ortega sin orteguianos ni ortegajos.
No podemos pensar sin Ortega, porque, al menos en español, no se puede vivir sin Ortega

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